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viernes, 28 de noviembre de 2014

En la cumbre del Chimboyoc, cuento de Antonio Goicochea

Cuento: Antonio Goicochea
Imagen: Jorge Contreras (Educarte)
             Cuando el sol ya calentaba, y de las chozas salía humo anunciando que se preparaba el desayuno en la comarca, José colocaba en sus alforjitas un poco de cancha[1] o a veces mach’ka [2] y quesillo, y acompañándose de Jovero, su perro mitayo[3], iniciaba su jornada diaria.
 
            Retirando los palos que hacían de puerta del corral, sacaba a la veintena de ovejas y cabritos para pastarlas en las laderas del Chimboyoc[4]. Llevaba poncho y sombrero para protegerse del frío, no de la lluvia, porque hacía mucho que no llovía. Los sembríos se habían secado y se perdieron. El viento soplaba y arrastraba el polvo de la falta de los cerros. La comida escaseaba tanto que de los warkus[5] las mamás jalaron las últimas wayunkas[6] de comida. Quedaban solo las de semilla.

            Ladrando y mordisqueando a las ovejas y cabritos que salían del camino, Jovero las
ponía a orden.
            José, para no aburrirse, a veces llevaba arcilla húmeda; entonces sus dedos se deslizaban por la masa haciendo formas que eran la envidia de los niños del lugar. Ese día había hecho una yunta[7]
 en posición de jalar el arado, se notaba la cabeza alzada, la papada y lomo brillantes, los pelos de la cola sueltos al viento; las venas en los ijares y en las piernas, como cuando los animales tenían abundante pasto, Parecía que sólo les faltaba a los bueyes un soplo que les diera vida.

            Antes de comer, con reverencia dejaba caer un poco de comida en el suelo. Había que compartirla con la Pachamama[8], era su pago a los guardianes del Chimboyoc. Ofrenda que la hacían todos los del lugar.

            Miró una y mil veces a la noble yunta. Tanto que no se dio cuenta que el día iba a terminar. Al apuro, la puso debajo de una piedra al resguardo de la intemperie; juntó a su rebaño y al trote volvió a su casa. Allí se dio cuenta que había olvidado su poncho. Durmió a sobresaltos. Su mamá le reprendería si no lo veía con el poncho bayo que le regaló el año pasado.
            No bien amaneció, se encaminó al Chimboyoc, junto con su mitayo y sus ovejas. Buscó a su poncho por los lugares donde el día anterior había estado. No lo encontró. Al atardecer regresó con mucha pena.

            Más temeroso que la noche anterior se metió en la cama. Buscaba todas las formas como reponer lo perdido; imaginaba mil argucias para convencer a su mamá. Veía a su madre reprendiéndole, vio a su padre aconsejándole que fuera más cuidadoso; vio que una viejecita, de pelos blancos, sentada en la punta del cerro, que tenía en manos una rueca inmensa, y que iba hilando hasta hacer un ovillo bien grande.  Hilaba e hilaba y el wanku[9] de la rueca no se terminaba. Eran las nubes el wanku. Después con presteza armó un telar de pútic, cungallpo y siquicha[10] y tejió un poncho tan blanco como las nubes, con ribetes grises como los pedregales del cerro.

            Cuando los rayos del sol despuntaban el día, despertó.
            -¡Cómo fuera ese mi poncho!, dijo para sí.
            De regreso, en el cerro, sintió un impulso irresistible de subir hasta la cima. Dejó a Jovero al cuidado de los animales. Cuando llegó grande fue su sorpresa: sobre una piedra estaba un poncho blanco con ribetes grises. Se lo colocó. Estaba a su medida. En esos momentos el Chimboyoc que es el dueño de las lluvias, se cubrió de nubes y más tarde llovió.

            El cerro había tomado como ofrenda el poncho olvidado y la yunta de José. Se sintió halagado y permitió que cayeran las lluvias.

            -Aura si comeremos -dijeron los lugareños- Ellos sabían que cuando el Chimboyoc se cubría de nieblas sería un año lluvioso.
           
Lo cierto es que José tenía su poncho nuevo y era blanco como los copos de las nubes que cubrían al Chimboyoc y con ribetes grises como las piedras de sus laderas.

            El Ollero, San Marcos (Cajamarca), junio de 1997.

[1] La cancha, cancha serrana o maíz tostado es un bocadillo típico de la gastronomía andina, principalmente de Perú.
[2] Mach’ka. Harina de cebada, trigo o maíz tostados.
[3] Mitayo.   Perro que ayuda al pastor, cuando pasta su ganado.
[4] Chimboyoc. Cerro en las alturas de la Provincia de San Marcos, cuando se cubre de niebla es señal de lluvias. Su nombre parece derivar de Chimpu, s. Halo, aureola, nimbo.// corona.//cerco.//borlilla de hilos de color que sirve de adorno.//señal de hilos de color en sacos para medir áridos; y de yuq, subijo que significa “dueño de”. El que posee. Chinpuyuq-chimpuyuq.
[5] Warku. Madero horizontal colgado de los alares de los techos de las casas o chozas del que cuelgan mazorcas de maíz para preservarlas de la polilla
[6] Wayunkas. Mazorcas de maíz que se cuelgan en el warku, unas son dedicadas a la alimentación y otras para semillas.
[7] Yunta.  Dos bueyes unidos por un yugo de madera que jalan un arado para roturar el terreno antes de la siembra.
[8] Pachamama. Madre tierra.
[9] Wanku. Porción de lana en el extremo de la rueca, de la cual se va jalando la fibra en el proceso de hilar.
[10] Pútic, cungallpo y siquicha, instrumentos que se utilizan para armar un telar elemental

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