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lunes, 6 de abril de 2015

Don Juan Bosco y Luis Comollo: "Entender que la amistad es el único camino"

Por Jorge Contreras
Este artículo, está redactado en base a la  biografía escrita por San Juan Bosco[1], y trata de la anécdota que pasó entre él y Luis Comollo[2], el mejor amigo de su juventud en el seminario de Chieri[3]
...Dada la amistad e íntima confianza que los unía, Juan Bosco y Luis Comollo, solían hablar de lo que les podía suceder en cualquier momento, esto es, de la separación cuando llegara la muerte. Así que un día, recordando lo que habían leído en algunas biografías de santos, hablando medio en broma, medio en serio, sugirieron ambos una medida, que creyeron les podría servir de gran consuelo.  "El primero de los dos que fuera llamado a la eternidad haría saber al otro en dónde se hallaba."
La anécdota en este relato nos da a conocer que cuando tratamos de relacionar las cosas naturales con las sobrenaturales, tendremos como experiencias: Que la humanidad sufre grandemente porque no entiende; Que la amistad, tal como señala la biblia, es un gran tesoro, y Que comprendemos la importancia de la existencia del alma de cada uno y que ella, es la única que nos conducirá a la salvación, sin tener que buscar o pretender más pruebas. Nos bastara que nuestra alma siga el camino que Jesucristo a revelado  

La historia...

Renovando a menudo esta conversación, se prometieron recíprocamente rezar el uno por el otro y que el primero que muriera daría noticias de su salvación al compañero sobreviviente. No se daban cuenta de la importancia de una promesa tal cual, confiesa Juan Bosco, que hubo en ello mucha ligereza, y que jamás aconsejaría que otros lo hicieran; con todo, entre ellos, aquella sagrada promesa siempre se mantuvo, como algo serio que había que cumplir.
A lo largo de la enfermedad de Luis Comollo, se volvió a renovar varias veces el pacto, poniendo siempre la condición de que "si Dios lo permitiese y fuera de su agrado".

En la hora final de Luis Comollo...
En la hora de la muerte, Luis tuvo una visión en la cual veía que la Santísima Virgen llegaba a ayudarlo y protegerlo, y exclamó: – "Lo que más me consuela en la hora final de mi vida es haber comulgado muchas veces y haber sido muy devoto a la Santísima Virgen.  Oh María qué felices son sus devotos, defendidos por Ti en la vida y protegidos por Ti en la hora de la muerte".
Y expiró santamente. Entre todos sus compañeros de seminario dejó Comollo una gran fama de santidad[4].

La respuesta contada por el mismo Juan Bosco...
Las últimas palabras de Comollo y su última mirada me aseguraban que se cumplía el pacto.
Algunos compañeros estaban en el secreto y deseaban verdaderamente que se verificara.
Yo estaba con ansias, porque esperaba con ello un gran alivio en mi desconsuelo.
Era la noche del 3 al 4 de abril de 1839, la noche siguiente al día de su entierro, y yo,  descansaba juntamente con otros veinte alumnos del curso teológico en el dormitorio.

....El miedo cala. Estaba en la cama, pero no dormía; pensaba precisamente en la promesa que nos habíamos hecho; y, como si adivinara lo que iba a ocurrir, era presa de un miedo terrible. Cuando he aquí que, al filo de la medianoche oyóse un sordo rumor en el fondo del corredor, un rumor que se hacía más sensible, más sombrío, más agudo a medida que avanzaba. Se asemejaba al ruido de un gran carro jalado por muchos caballos, o al de un tren en marcha, o como al disparo de cañones.
....No sé expresarlo, sino diciendo que formaba un conjunto de ruidos tan violentos y daba un miedo tan grande, que cortaba el habla a quien lo percibía. Al acercarse el ruido, a la puerta del dormitorio, dejaba tras de sí una sonora vibración en las paredes, en las bóvedas y en el pavimento del corredor, hasta el punto de que parecía que todo estaba hecho de planchas de hierro, que eran sacudidas por potentísimos brazos.
...No podía apreciarse a qué distancia avanzaba aquello; se producía una incertidumbre como la que deja una locomotora, cuyo punto de recorrido no se puede conocer, si se juzga solamente por el humo que se eleva por los aires.
...Los seminaristas de aquel dormitorio se despiertan, mas ninguno puede articular palabra. Yo estaba petrificado por el miedo. El ruido iba acercándose, cada vez más espantoso. Ya se le siente junto al dormitorio. Se abre la puerta, ella sola, con violencia. Sigue más fuerte el fragor sin que nada se vea, salvo una lucecita de varios colores que parece el regulador del sonido.
De repente se hace silencio.
Brilla una luz vivamente, y se oye con toda claridad la voz de Comollo, más débil que cuando vivía, que, por tres veces consecutivas dice:
– ¡Bosco!, ¡Bosco!, ¡Bosco!
¡Me he salvado!
...En aquel momento el dormitorio se iluminó más, se oyó de nuevo con mucha más violencia el rumor que había cesado, como un trueno que hundiera la casa, pero cesó enseguida y todo quedó a oscuras. Los compañeros saltando de la cama, huyeron sin saber a dónde; algunos se refugiaron en un rincón del dormitorio, otros se apretaron alrededor del prefecto del dormitorio, don José Fiorito, de Rívole, y así pasaron el resto de la noche esperando ansiosamente la luz del día.
...Todos habían oído el rumor. Algunos percibieron la voz, sin entender lo que decía. Se preguntaban unos a otros qué significaban aquel rumor y aquella voz y yo, sentado en mi cama, les decía que se tranquilizaran, asegurándoles que había oído claramente las palabras:
– ¡Me he salvado!
También algunos las habían oído, como yo; resonar sobre mi cabeza de modo que por mucho tiempo, se repitieron por el seminario.
Yo sufrí mucho; fue tal el terror que sentí, que hubiese preferido morir en aquellos momentos. Es la primera vez que recuerdo haber tenido miedo. Por todo ello contraje una enfermedad que me llevó al borde del sepulcro, quedó tan mal parada mi salud que no la recuperé hasta muchos años después.

Dios es omnipotente, Dios es misericordioso.
Generalmente no atiende estos pactos; pero a veces, en su infinita misericordia, permite que se cumplan, como en el caso expuesto.
No seré yo quien dé nunca a otro consejo semejante.



[1] Juan Melchor Bosco Occhiena más conocido como Don Bosco (Becchi, 16 de agosto de 1815 - Turín, 31 de enero de 1888) fue un sacerdote, educador y escritor italiano del siglo XIX. Fundó la Congregación Salesiana, la Asociación de Salesianos Cooperadores, el Boletín Salesiano, el Oratorio Salesiano y el Instituto de las Hijas de María Auxiliadora. Promovió la Asociación de Exalumnos Salesianos, el desarrollo de un moderno sistema pedagógico conocido como Sistema preventivo para la formación de los niños y jóvenes y promovió la construcción de obras educativas al servicio de la juventud más necesitada, especialmente en Europa y América Latina. Fue uno de los sacerdotes más cercanos al pontificado de Pío IX y al mismo tiempo logró mantener la unidad de la Iglesia durante los duros años de la consolidación del Estado Italiano y los enfrentamientos entre éste y el papa que ocasionó la pérdida de los llamados Estados Pontificios y el nacimiento de la Italia Unificada. Fue autor de numerosas obras, todas dirigidas a la educación juvenil y a la defensa de la fe católica, lo que lo destaca como uno de los principales promotores de la imprenta.
[2] Luis,( Luigi) Comollo, estudiante del Seminario Diocesano de Chieri, en la Arquidiócesis de Turín que es célebre por haber sido el mejor amigo de Don Bosco, el cual escribió su vida y fue uno de los primeros libros del santo de Turín. Una lápida en Cinzano fue puesta en honor de Comollo y sus restos descansan bajo el Altar de la Iglesia del Seminario de Chieri.
[3] Chieri (pronunciado en castellano Quieri) es un municipio de la Provincia de Turín, localizado al pie de la colina turinese, al este de la capital y sobre la margen meridional de las colinas del río Po. La ciudad tiene una población de 34.312 habitantes y conserva ricos tesoros medioevales. Es célebre además por haber sido el lugar en donde el joven Juan Bosco realizó sus estudios académicos y sacerdotales entre 1831 y 1841,
[4] Y tuvo el honor de que su biografía la escribiera el mismo que escribió las famosas biografías de Santo Domingo Savio y Miguel Magone: nada menos que Don Bosco.

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