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Actual risks and threats demand specific solutions. Here you will find information to help your Security Plan, whether Personal or Institutional.

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jueves, 31 de enero de 2019

Perú: Reflexión sobre Protección Legal en la aplicación de la Fuerza Mortal



A casi 40 años del terrorismo interno de los 80s, y otro tanto de años afectados por corrupción, el Ministerio del Interior, ha anunciado medidas de protección legal a Policías que empleen ”la Fuerza Mortal contra el delito agravado” luego que representantes del sector Justicia decretaran la

martes, 10 de noviembre de 2015

Entendernos unos a otros, la simple comprensión mutua como nuevas perspectiva para alcanzar la seguridad comunitaria


Tomado de The FBI[1]
Por Todd B. Perla, M. A. [2]
Este es un importante artículo para el trabajo comunitario en la seguridad ciudadana.
Resalta la importancia en el rol de las autoridades y comunidad. Alerta sobre el peligro de desconocer la relación policía - comunidad  y nos va mostrando que a mayor alejamiento y mal ejemplo, más delincuencia. Los invito a leerlo 
Los esfuerzos de toda Fuerza de Policía buscan reducir el delito y mantener el orden. Adicionalmente aquellos vecinos que se  han comprometido a participar en sus comunidades, también cumplen roles y responsabilidades para alcanzar estos objetivos. Sin embargo, con el pasar del tiempo, pareciera que estas responsabilidades que deberían estar con todos,  se han ido desplazando a unos pocos, el resultado está claro, es inseguridad y ausencia de solidaridad en los barrios.

Es una verdad el que “No podremos reducir la delincuencia o mantener el orden sin la cooperación plena de todos en la comunidad”. Con este fin, hoy surgen nuevas perspectivas a partir de ideas que han existido entre nosotros por cientos de años.

■ Antecedentes históricos…

miércoles, 11 de marzo de 2015

Un momento de Liderazgo: La sobreestimación de uno mismo

Por Bret Hood[1]
En la mitología griega Narciso, el cazador, tenía el don de la extrema belleza. Según cuenta la historia, una ninfa de la montaña lo seguía y profesaba amor por él. Narciso rehuía de ella, tal como lo hacía con todo aquel atraído por su perfecto rostro. Estando la ninfa de la montaña embargada en una profunda tristeza.  Némesis, el dios griego de la venganza, notó lo que pasaba con la ninfa de la montaña y atrajo a Narciso hacia un estanque de agua. Una vez allí, Némesis lo llevó hasta una de las orillas, donde por primera vez, Narciso contempló el reflejo de su rostro. Allí, sin darse cuenta que miraba su propia imagen, Narciso cayó irremediablemente enamorado de sí mismo. Más tarde, al darse notar que su amor no podría ser correspondido, Narciso cometería su propio suicidio.

Al igual que Narciso, como líderes, todos estamos supeditados a sucumbir a nuestra propia

jueves, 30 de octubre de 2014

Argentina: Policia Intervienen comisaría de Budge por irregularidades

Por Jorge Contreras[1]
La Jefatura de la Policía de la Provincia de Buenos Aires intervino a la Comisaría 10ª de Lomas de Zamora, que tiene jurisdicción en la localidad de Ingeniero Budge y en la feria La Salada,  ubicada al lado del Puente La Noria.

La Intervención...
Según informaron fuentes de la fuerza, en la noche del martes se registró un allanamiento en la comisaría, en donde se encontraron "serias irregularidades". El allanamiento estuvo a

viernes, 24 de mayo de 2013

Observatorio Anticorrupción presenta investigación sobre coimas de tránsito en Lima Metropolitana


Una nota reciente del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos nos hace conocer que más del 80% de casos de corrupción en la Policía Nacional del Perú corresponden a hechos de micro-corrupción, que por lo general comprometen pequeñas sumas de dinero. El 50% de estos casos se refieren a coimas de tránsito que en su mayoría (más del 60%) involucran a conductores de transporte público (combis, taxis, colectivos, etc.). Estos y otros datos de interés son revelados en el último estudio de la Unidad de Análisis de Información de la Procuraduría Especializada en Delitos de Corrupción.  

Según el estudio denominado: “Microcorrupción en la Policía Nacional del Perú”, el caso de las coimas de tránsito en Lima Metropolitana, cerca del 90% de investigaciones o procesos penales en trámite involucran a conductores de tránsito, quienes en similar porcentaje se ven involucrados en este ilícito por montos de 2 a 20 soles. Por el contrario, las denuncias contra efectivos policiales son escasas y si las hay, generalmente prosperan por tratarse de actos descubiertos excepcionalmente en flagrancia, sea a través de operativos o filmaciones en video.

Esta desproporción entre particulares y policías procesados se traslada también a quienes ya cuentan con sentencia definitiva, donde el 96% de condenas corresponde a conductores infractores. No obstante, estos últimos en ningún caso han merecido penas de prisión efectiva y los montos que les son impuestos por reparación civil no superan los S/. 500 en el 80% de casos, lo que genera dudas sobre los efectos disuasivos de la sanción penal aplicada en estos casos.

El último estudio de “Microcorrupción en la Policía Nacional del Perú”, al igual que el estudio previo sobre “Microcorrupción en el Poder Judicial”, son insumos útiles para el diseño de políticas preventivas y reforzamiento de iniciativas de combate a la corrupción en el marco del Plan Nacional de Lucha contra la Corrupción 2012 – 2016, aprobado por Decreto Supremo Nº 119-2012-PCM.

sábado, 5 de noviembre de 2011

El impacto de la recesión económica en las agencias de Policías de Norteamérica


Introducción
En esta nota, Agencias de Policía de los Estados Unidos resaltan los lineamientos de política para enfrentar las reducciones de presupuesto producto de su crisis económica y a la vez tratando de mantener los estándares de  seguridad ciudadana requeridos.  La nota no deja de ser importante, pues nos muestra como se adoptan estrategias para enfrentar una realidad económica – y de seguridad, muy similar a la que viven países en vías de desarrollo, como nosotros.

Este artículo no solo resalta las ideas sobre nuevas estrategias y métodos en tiempos de crisis, sino que dan paso al trabajo de la seguridad ciudadana, un tema de actualidad en el que el compromiso es compartido entre las agencias del orden y sus comunidades.

Conclusiones
Las conclusiones de este importante estudio sobre el impacto económico en las agencias de Policías de Norteamérica, nos muestran los resultados siguientes:

Desde el 2008, los Estados Unidos se ven afectados por la mayor crisis fiscal desde la Gran Depresión de los 30´s. En las últimas décadas, nunca  se vivió una situación económica que haya afectado a las agencias encargadas del orden y la ley, como la que situación que afecta al país en la actualidad. Las ciudades y condados en todo Estados Unidos experimentan un descenso en los ingresos, significativas reducciones en los presupuestos de seguridad pública. En otras palabras, Los estadounidenses se enfrentan a una realidad económica negativa en que, es un reto, el desarrollar nuevas e innovadoras formas para “aprovechar los recursos disponibles” y “maximizar la productividad” ante la disminución de recursos financieros.

Las agencias policiales no han escapado a los efectos de la reducción de los ingresos. De hecho, los desafíos económicos  se amplifican cuando se trata de la seguridad pública. Si bien, cualquiera persona puede pensar, que para compensar la disminución de los presupuestos y del gasto, se puede sacrificar un estilo de vida normal, o las familias pueden renunciar a sus vacaciones anuales de verano, o pueden optar por comprar sólo en tiendas de descuento en lugar de acudir a los grandes almacenes. El problema es diferente para las fuerzas del orden, pues a pesar de una severa reducción de los recursos disponibles, estas deben hacer frente a sus tareas, tratando de mantener la misma calidad de servicio que siempre han brindado.

Por lo tanto, para conservar con éxito los altos niveles de protección de las comunidades y proporcionar igual capacidad de respuesta ante emergencias, las agencias policiales se ven forzadas a desarrollar nuevas e innovadoras técnicas para satisfacer las necesidades de sus comunidades de manera rentable y sostenible.

El reconocer y la aceptar la nueva realidad económica es más importante que nunca para poder desarrollar estrategias de gestión que garanticen eficacia y eficiencia de los servicios de policía.

Nunca antes la comunidades policiales han experimentado importantes recortes en sus presupuestos de funcionamiento y en sus recursos disponibles. Esto los ha forzado a cambiar, adaptar, y a reformular sus métodos de trabajo,  para asegurar servicios policiales con los más altos niveles de seguridad pública, sin detenerse a pensar en la esperanza de que la economía vuelva a recuperarse.

En todos los rincones de los Estados Unidos, como consecuencia de los recortes presupuestarios, a nivel estatal (regional), local y comunitario, las agencias de policía se han visto forzadas a reducir sus efectivos de oficiales, agentes y personal civil, o a modificar sus formas de operación.

En los últimos dos años, todas las agencias policiales, han experimentado una considerable reducción en los presupuestos, se han visto forzadas a dar de baja a personal activo, a suspender nuevas contrataciones de agentes, lo que constituyen reducciones significativas nunca antes vistas en los niveles de personal. A ello se le han dispuesto normas legales que consideran que esta situación podría durar los próximos 5 a 10 años, si es que no es mayor el tiempo.

Si bien la naturaleza exacta de cómo se llevarán a cabo estos cambios aún no es clara, los datos de este informe sugieren que los cambios ocurrirán en varios de los frentes siguientes:

En primer lugar, se debe considerar la aplicación de tecnologías que sirvan como complemento y "multipliquen la capacidad de la fuerza policial", como son los sistemas de circuito cerrado, sistemas de respuesta automática ante emergencias, equipos de video conferencia, y el empleo de las redes sociales. La utilización de estas tecnologías deben proporcionar  mayor capacidad a las agencias de policía,  maximizar el empleo de la información que proporcionan y evitar el desgastar recursos humanos en actividades innecesarias.

Otro cambio fundamental como resultado de la escasa economía,  es que se ha previsto la prestación de servicios policiales, por parte de personas civiles (no oficiales – ni agentes) que sean incorporadas a las fuerzas policiales como empleados y voluntarios. Con ello, las agencias de policía han comenzado a transferir las responsabilidades que tradicionalmente eran desempeñadas por el personal de carrera, a personas civiles, que no representan costos en planilla  y que permiten mantener los niveles de personal. Adicionalmente, algunas agencias han incluido a  ciudadanos comprometidos y voluntarios para ayudar a aliviar las cargas de trabajo administrativo de la policía. Estas medidas facilitan que el empleo de oficiales y agentes este dedicado exclusivamente a problemas de aplicación de la ley.

Algunas agencias han cambiado drásticamente sus métodos de atención de situaciones de emergencia y de atención a tareas administrativas. Muchas agencias de policía ya no envían a un oficial o un agente a cada llamadas solicitada. Los jefes de policía ahora están obligados a evaluar y destinar sus recursos, a situaciones que constituyan la mayor amenaza para la seguridad pública. Por ejemplo: algunas agencias ya no envian agentes para recoger denuncias de delitos,  atender casos que involucran sospechosos, o enviar oficiales de patrulla a cada llamada de servicio por emergencia o lesiones. El enfoque principal es la aplicación de la ley en la protección de la seguridad de sus comunidades. Por lo tanto, las agencias que tienen recursos limitados, ahora se ven precisadas a atender situaciones que son una amenaza inmediata para la seguridad pública.

Un cambio más drástico como consecuencia de la crisis económica es el aumento del número de agencias que combinan sus esfuerzos y recursos a través de la consolidación, servicios compartidos, y regionalización. Cuando las agencias enfrentan la necesidad de mantener determinados niveles de servicios, lo solucionan a través de la colaboración o combinación de esfuerzos de las agencias, lo que les permite maximizar los recursos disponibles, el entrenamiento y el intercambio de información.

Como muestra este informe, la reciente crisis económica ha puesto serias limitaciones en los presupuestos de la policía y una grave disminución de la disponibilidad de recursos. Como un paso adicional para ayudar a compensar la disminución de los recursos, muchos departamentos también han comenzado a “recopilar y difundir” datos sobre la delincuencia en tiempo real y a través de las nuevas tecnologías. Esto permite la administración eficaz y el despliegue estratégico de recursos para atender problemas específicos. Con el empleo de la tecnología e intercambio de información, muchos departamentos de policía en todo el país, disponen y compartan la información recolectada a nivel nacional, en las mismas prioridades que los datos de los censos nacionales.

Es vital para los representantes del gobierno y legisladores,  el crear una estrategia  de solución de problemas/casos/conflictos que sea proactiva,  agresiva, y productiva y que trabaje sobre la base de datos relevantes y actuales. Sin embargo, el retraso en los actuales métodos de recopilación de datos y su difusión hace difícil el presentar una información detallada de la situación que enfrentaran las agencias de policía. Una verdadera comprensión de los desafíos que enfrentan las agencias del orden, el análisis integral requerido, demandan tiempo y recursos. Será importante que los Estados (agencias federales) colaboren en los esfuerzos de recopilación de datos en el futuro, lo que incrementará la disponibilidad de datos actualizados al día, su análisis y difusión. Mediante la recopilación de datos con más frecuencia y de forma global, los representantes del gobierno y los legisladores serán capaces de diseñar sus objetivos estratégicos para ofrecer la ayuda mas pertinente que las agencias del orden requieren.

La institucionalización de la “filosofía de policía comunitaria” es vital para que las agencias del orden, alcancen sus objetivos y prosperen en el actual clima económico. Las agencias deben hacer uso sistemático de las asociaciones y de las técnicas de solución de problemas para atender proactivamente los problemas que enfrentan sus comunidades. El desarrollo de “relaciones y objetivos compartidos” entre la policía y sus comunidades son clave para garantizar la seguridad en las comunidades.

Está claro que los Estados Unidos, enfrentan un reto importante como resultado de la recesión económica que comenzó en el 2008. Las fuerzas del orden, las agencias de policía, se enfrentan a una nueva realidad y a nuevas políticas que demandan cambio en los métodos empleados para mantener los niveles de servicio y a la vez lidiar con los presupuestos reducidos. La importancia de mantener y ampliar las prácticas de policía comunitaria durante estos tiempos de dificultades económicas es fundamental. Las investigaciones y las primeras experiencias (retroalimentación) de campo muestran que la policía comunitaria es una práctica exitosa, tanto en las agencias pequeñas como en agencias grandes afectadas con problemas de seguridad pública. Afortunadamente, muchas de las agencias de policía de los Estados Unidos, están practicando las nuevas políticas con sus comunidades  y reconociendo el valor del trabajo compartido en estos tiempos de   limitados recursos.

Comentario Final
El Perú, no ha dejado de lado este tema y la seguridad ciudadana es parte de la decisión política de nuestras actuales autoridades. Esperamos que la sociedad representada por sus comunidades contribuyan a este compromiso en la búsqueda de la seguridad ciudadana. Por lo demás, los primeros pasos estan dados….

jueves, 27 de octubre de 2011

Enfoque en ética.

Reflexionando sobre la ética en la aplicación de la ley por Brian D. Fitch [1], Ph.D.

"Conocer el bien es hacer el bien"
Sócrates [2].

Las fuerzas del orden se esfuerzan por reclutar, contratar y capacitar a aquellos que demuestren sólidos valores morales antes de entrar en las academias. Sin embargo, incluso los mejores esfuerzos de los departamentos no pueden prevenir que sucedan casos de mala conducta policial. Estos incidentes debilitan la confianza de la sociedad, ponen en peligro importantes investigaciones, y exponen a las organizaciones a procesos legales por responsabilidad. Muchos departamentos responden a estos incidentes mediante la adopción de programas formales de capacitación en virtudes ética que apuntan al desarrollo del carácter, lo que Aristóteles denominó ética de la virtud[3].   Como en la cita de Sócrates, la filosofía de Aristóteles enseña que la conducta de los oficiales refleja su carácter y, por tanto, las formas en que responderan a los dilemas morales, esto pone fundamentalmente de manifiesto las diferencia en cuanto a sus valores personales.

Las virtudes éticas se basan en las cualidades de la persona, tales como los rasgos de personalidad, valores, actitudes. Para explicar una conducta desviada, por ejemplo, si un agente fabrica evidencia para obtener órdenes de cateo, sus acciones reflejaran su carácter deshonesto. De acuerdo con este punto de vista, el carácter predispone a los funcionarios a actuar de cierta manera, independientemente de la situación. Un funcionario honesto se siente obligado a decir la verdad, mientras que uno deshonesto se siente inclinado a robar. Del mismo modo, un oficial valiente  se esfuerza por actuar con coraje, mientras que uno cobarde retrocederá ante el peligro. En cualquier caso, los agentes de policía tienen una vida que se desenvuelve con disposiciones estables por un largo periodo de tiempo, y se deberán comportar de acuerdo a ello.

Lamentablemente, décadas de investigación contradicen la teoría de que las personas difieren fuertemente en sus caracteres básicos, casi todo el mundo es virtuoso en el nivel abstracto, y la mayoría de las personas asume un elevado nivel de valores morales[4].  Por ejemplo, estudios han descubierto que los delincuentes juveniles poseen el mismo conjunto de valores conceptuales, que cualquier otro joven tiene, con menos problemas, y que a pesar de ello su comportamiento rebelde, indica que sus elevados valores morales les importan mucho menos de lo que creemos[5].

Los defensores de las virtudes éticas sostienen que ciertos funcionarios se portan mal porque les falta carácter. Estas "manzanas podridas" logran "pasar por alto" sobre sus valores éticos. Ellos argumentan que el abuso policial se produce en casos aislados e involucra a unos pocos oportunistas inmorales que son corruptos desde antes de convertirse en agentes. Por desgracia, esta interpretación no explica cómo, el caso de agentes ejemplares, sin antecedentes ni mala conducta, muchos de los cuales son  modelos en sus familias, iglesias y comunidades, pueden estar envueltos en mala conducta.

"La reducción del riesgo de mala conducta en un agente  requiere una completa comprensión del comportamiento humano y de su motivación.”

Sin duda, el carácter de los agentes, o sus virtudes éticas, son vitales para su éxito. Sin embargo, esta estrecha visión  se centra exclusivamente en los valores morales  e ignora factores situacionales y psicológicos que influyen en el comportamiento. Reducir el riesgo de mala conducta en los agentes y oficiales requiere de una comprensión más completa del comportamiento humano y de su motivación. En este artículo se ofrece una nueva manera de pensar acerca de la mala conducta. Esta explicación hace hincapié en el desarrollo moral, en el aprendizaje social, en la racionalización cognitiva y sugiere tácticas para fomentar una cultura de ética las agencias.

Desarrollo moral
Antes de que los agentes puedan comportarse de manera ética, deben reconocer los aspectos morales en juego, deben entender los principios y valores en juego, y elegir la forma de acción apropiada [6]. Para explicar este proceso de razonamiento, el psicólogo Lawrence Kohlberg propuso quizás la teoría más influyente de desarrollo moral. Él sostiene que el desarrollo moral avanza a través de tres niveles previsible e invariables, denominados pre convencional, convencional y post convencional, y cada uno de ellos consiste de dos etapas distintas[7]. Según Kohlberg, en cada etapa, las personas emplean explicaciones y estrategias de solución de problemas cada vez más sofisticadas para hacer frente a los dilemas morales.

En el más simple nivel de razonamiento, las consecuencias externas pre convencionales, guían los sentidos de los individuos entre el bien y el mal, el castigo al que se exponen y al interés propio en la segunda etapa. En este punto, los agentes no poseen valores o normas internalizadas que guíen su comportamiento.

A medida que las personas avanzan al nivel convencional, determinan lo correcto e incorrecto basándose en las expectativas sociales (tercera etapa) y el deseo de mantener el orden social, siguiendo las leyes y respetando la autoridad (la cuarta etapa). Ellos determinan a través del razonamiento moral la conformidad con las reglas sociales, normas y expectativas.

Por último, en el nivel post convencional, la gente juzga la moral basada en el deseo de proteger las libertades básicas de todos los miembros de la sociedad. En la quinta etapa, los individuos respetan los principios legales que promuevan lo justo, la justicia y la equidad; y en la sexta etapa, siguen sus propios principios éticos y morales seleccionados que promuevan el respeto por la vida humana, la igualdad y la dignidad humana. Si estos principios tienen conflictos con las leyes de la sociedad, los principios éticos y morales están llamados a ser elegidos, a reinar.

Mientras que en las etapas de desarrollo moral, los oficiales obviamente, son impactados en su comportamiento en el trabajo, la mayoría de los adultos determinan su propio comportamiento adecuado, así como las implicaciones morales de sus acciones, después de observar a otros miembros de su grupo. Esto es cierto en circunstancias desconocidas o ambiguas, que a menudo se presentan en la situación de los agentes asignados recientemente que llegan a un grupo nuevo.

"... La mayoría de los adultos
determina su adecuado
comportamiento, así como la
implicaciones morales de
sus acciones, después de que
observar otros miembros
de su grupo.”

En la década de 1960, el psicólogo Stanley Milgram de la Universidad de Yale demostró luego de una serie de experimentos en obediencia[8] que los factores externos influyen en el juicio moral.  El experimento involucró equipos de tres personas: Un investigador, un "aprendiz", y un profesor (el único sujeto real de el experimento). El investigador instruía al profesor a que prueba a cada alumno aprendiz, un cómplice del investigador, presentaba una lista de palabras en pares. Cada vez que el estudiante se equivocaba, el profesor le aplicaba unas descarga eléctrica, que los alumnos pensaban,  era un generador de electroshock. El aprendiz, ubicado en otra habitación y oculto a la vista, pretendía expresar su malestar cada vez mayor, incluso golpeaba las paredes y le recordaba a los profesores sobre una "afección cardíaca preexistente." A medida que las descargas de electroshock se acercaban a los 135 voltios, muchos de los profesores comenzaron a cuestionar el experimento. Casi invariablemente, los profesores buscaban en los investigadores una orientación ética. Cuando el  investigador instruía a los profesores a persistir, la mayoría de los profesores aplicaban descargas, llegando hasta el nivel máximo de 450 voltios a pesar de las desesperadas súplicas de los alumnos.

Los descubrimientos de Milgram fueron inquietantes, por decir lo menos. Sin embargo, un conjunto de experimentos que siguieron a continuación y que fueron  diseñados para probar la influencia de una segunda persona en el comportamiento de los participantes dio resultados muy diferentes. Cuando el segundo "profesor" (otro aliado de Milgram) se negó a administrar choques más alla de los 210 voltios, la gran mayoría de sujetos participando en los experimentos también se negó. Estas pruebas dieron como resultado que la mera presencia de una segunda persona es suficiente para motivar a los sujetos a "votar según su conciencia" (es decir, a seguir su mejor juicio y detener el experimento).

A pesar del que un grupo de psiquiatras adelanto opinión que sólo un 1 por ciento de los sujetos serian los que administren la descarga máxima de 450 voltios, 2/3 de los sujetos (65 por ciento) aplicaron las descargas de nivel máximo. Durante los siguientes experimentos y cuando el segundo profesor rechazó aplicar descargas más allá de los 210 voltios, solo un 10% de los sujetos continuaron hasta un nivel de 450 voltios. Milgram concluyó que la presencia de una figura de autoridad (investigador) influyó significativamente en las decisiones de los profesores a continuar las descargas en el primer conjunto de experimentos, sin embargo, la mera presencia de otro observador concienzudo sirvió para superar esos efectos.

Los descubrimientos de Milgram proporcionan una fuerte evidencia en la teoría que sustenta que la mayoría de la gente mira a otros en la búsqueda de una guía moral, especialmente en situaciones desconocidas. Para los funcionarios y agentes dedicados a la ley, la lección es clara- la mayoría de los oficiales necesitan ser conducidos con ética. Además, los líderes formales e informales que ofrecen esta orientación juegan un papel fundamental en el desarrollo de la moral y de la conducta de los agentes.

Aprendizaje Social
La mayoría de los agentes entran a las organizaciones policiales con una mínima experiencia de campo y en el manejo de los dilemas morales que tendrán que enfrentar.  Ellos aprendan a llevar a cabo sus trabajos, así como a reconocer las normas de su organización, valores y cultura, de sus compañeros y supervisores. Mientras que los supervisores proporcionan un refuerzo directo, formal, otros agentes y compañeros ofrecen amistad y recompensas informales, que, en muchos casos, ejercen gran influencia en el reconocimiento del agente en la agencia. Además, la policía a menudo pasa mucho tiempo socializando con otros agentes, tanto dentro como fuera del trabajo. Este sentido de comunidad guía a las unidades de agentes a adoptar los comportamientos, valores y actitudes del grupo con el fin de lograr la aceptación.

Dado que los resultados son las consecuencias del comportamiento, los policías aprenden sobre prácticas aceptables e inaceptables a través de un sistema consistente, oportuno y significativo de recompensa y castigo. Los Oficiales y agentes es probable que repitan comportamientos que conducen a los resultados de refuerzo, mientras que rara vez se duplicarán los comportamientos que conducen a la pena, un hecho conocido como la ley del efecto[9].  Si los oficiales reciben un refuerzo positivo después de realizar ciertas acciones, aunque sean ilegales, es probable se comportan de manera similar en el futuro a pesar de las políticas de la organización o prohibiciones.

Los Oficiales y agentes  observan cómo otros miembros del grupo reciben reconocimiento, tanto formal de la organización y de manera informal por sus compañeros, para aprender lo que constituye un comportamiento adecuado en un proceso conocido como aprendizaje vicario[10]. Los psicólogos descubrieron que los modelos más eficaces de aprendizaje vicario poseen atributos específicos.

Competencia: La mayoría de los agentes de policía se sienten orgullosos de desempeñar sus funciones con una mínima supervisión, incluso en circunstancias difíciles. Por lo tanto, ellos desarrollan un modelo de comportamiento de funcionarios competentes y experimentados.

Status: Los Oficiales y agentes respetan a aquellos con un status impresionante en la organización.  Un individuo aislado no tendrá status dentro de una agencia grande, a no ser que sea parte de un grupo informal o una unidad especializada. Los líderes de grupos especializados modelan la conducta de los agentes menos experimentados que aspiran a una posición igualmente destacada.

Poder: Los que pueden premiar o castigar el desempeño de un agente, ya sea de manera formal o informal, tienden a ejercer la mayor influencia. Como reconocimiento, el poder puede ser formal o informal, y a veces los que los que tienen poder no oficial tienen más dominio que las políticas oficiales de la organización o la supervisión formal.

Estas redes de poder informales puede exacerbar el comportamiento poco ético por la transmisión de un conjunto de valores, creencias y normas que se comparten como política en la organización. Las investigaciones han encontrado que los oficiales y agentes que participan en ciertas tareas en conjunto, desarrollas sus propias formas de conducta para asegurar y mantener su aprobación[11].  Si ellos no están seguros acerca de la legalidad o la moralidad de un comportamiento en particular, deben dirigirse a sus pares para asegurar la garantía, así como se demostró con los sujetos del experimento de Milgram en que se basaron en la orientación ética de otros para obtener guía. Cuando los oficiales y agentes participan en una conducta inmoral, a menudo justifican sus acciones a través de los valores y creencias de sus pares en el grupo.

Las racionalizaciones cognitivas
Independientemente de las influencias externas, la mayoría de los individuos se convencen  primero a si mismo de la moralidad de sus acciones. Los no éticos podrían emplear racionalizaciones cognitivas, estrategias mentales y lingüísticas para  tratar de desinfectar o neutralizar un comportamiento desviado, y que sus acciones parezcan socialmente aceptable. Curiosamente, la investigación en delitos de cuello blanco (corrupción) indica que los corruptos no se ven a sí mismos como tales, y que explican su comportamiento como parte de sus prácticas normales y aceptables de negocios. Estudios similares sobre agentes de la policía determinó que los agentes de policía defina la “mala conduct”a en términos muy estrechos, mientras que los ciudadanos la definen de manera más amplia. Los oficiales pueden emplear estrategias específicas para anular sus sentimientos negativos o arrepentirse de una mala conducta[12].  

La negación de la víctima: Con esta estrategia, los oficiales y agentes involucrados argumentan que la víctima merecía ser victimada. Por ejemplo, un funcionario que roba dinero de un narcotraficante sospechoso durante un registro sostiene que el concesionario tiene ningún derecho a ese dinero porque se lo ganó ilegítimamente.

Denegación de responsabilidad: El agente de policía se convence a si mismo que ellos actuaron mal, porque no existían otras opciones. Las circunstancias pueden implicar la presión de grupo, un supervisor no ético, o un ambiente en donde "todo el mundo lo estaba haciendo." Estos oficiales se ven a sí mismos como víctimas sin más remedio que participar en la mala conducta.

La negación de la lesión: En este tipo de racionalización, los culpables se convencen que sus acciones no causaron daño a nadie y, por tanto, no son corruptos. Por ejemplo, los agentes podrían sentir la tentación de justificar robar las ganancias de un traficante de drogas porque el distribuidor no se merece ganar legítimamente ese dinero, y porque le será difícil identificarse legalmente como parte agraviada. La Policía acostumbra neutralizar este comportamiento mediante la comparación de sus acciones con los crímenes que cometen los traficantes de drogas.

Ponderación social: Cuando se confía en esta forma de explicación, el agente de policía corrupto hace comparaciones sociales selectivas para justificar su conducta no ética. Por ejemplo, los oficiales que falsifican un informe de policía para condenar a un sospechoso de robo y evitar que se difame a un compañero de trabajo que "todo el tiempo miente en los informes."

Justificación moral: A veces, la gente dice que hay que romper ciertas reglas para lograr una meta más importante. Por ejemplo, los oficiales pueden violar las leyes de búsqueda y captura estricta para detener a un pedófilo porque, teniendo en cuenta los altos intereses del crimen, creen que el fin justifica los medios. Oficiales con esta actitud creen que si las leyes les impiden la ejecución de su trabajo, entonces deben cambiar las reglas o hacer una excepción para arrestar a un delincuente peligroso. A diferencia de otras racionalizaciones, estas justificaciones morales, no sólo buscan excusar la conducta desviada, sino que en realidad buscan glorificar tales actos en nombre de la justicia. Estos Oficiales y agentes están convencidos que su trabajo demanda acciones para el "bien de todos."

“... Los oficiales y agentes aprenden
acerca de las prácticas
aceptable e
 inaceptables
a través de un sistema constante,
oportuno y significativo
de recompensas y castigos.”

En cumplimiento de la ley, los oficiales pueden invocar estas racionalizaciones ya sea de forma prospectiva (antes del acto de corrupción) para evitar la culpa y la resistencia o retrospectivamente (después de ejecutada la mala conducta) para borrar los remordimiento. Los líderes deben estar alerta ante la presencia de la racionalización que afecta y altera la cultura de la agencia, modifica la definición de la conducta poco ética y hace que un comportamiento inmoral parezca socialmente aceptable.

Cultura de la ética
Los líderes a cargo de la ley deben crear una cultura de ética en sus agencias. En primer lugar, la organización debe suscribirse a la declaración de una misión y a un conjunto claro de valores que representan más que promesas vacías, normas de comportamiento de los miembros en todos los niveles y pongan de manifiesto el papel crucial que juega la ética un el éxito de los oficial de la agencia[13].  Si los gerentes rechazan la ética o, peor aún, si se comportan mal ellos mismos, se demuestra que los funcionarios y la agencia tienen preocupación por el cuidado de una conducta apropiada. Un comportamiento moral sólido en todos los niveles oficiales, envía un mensaje claro y coherente, que la agencia no va a tolerar un comportamiento inapropiado.

Los supervisores deben trabajar diligentemente para recompensar las conductas apropiadas y corregir las conducta inapropiada[14].  Debido a que los líderes informales tienen un impacto significativo en las actitudes de los demás agentes,  los jefes formales deben enfrentar  los malos comportamientos y los problemas éticos de inmediato y sancionar las conductas inmorales de forma rápida y apropiada. Para una efectiva cultura de ética, todos deben observar que los que practican la ética avanzan en sus carreras y los inmorales reciben  castigo.

A menudo, los supervisores luchan para aceptar que en su agencia haya miembros con  conductas no éticas. Aun cuando reconocen abiertamente las malas conductas y desde la alta dirección culpan de la mala conducta a agentes corruptos y argumentan que afectan a la agencia. En estos casos los líderes deben aceptar la posibilidad de que se cometan conductas no éticas y deben dar rápida solución a este tipo de incidentes.

Finalmente, las agencias de policía deben discutir con frecuencia sobre la ética en el lugar de trabajo[15].  Al igual que la aptitud física, la aptitud ética requiere de una práctica constante. El estudios de casos ofrecen una variedad de herramientas eficaces para un refuerzo continuo, permite que los pongan a prueba sus habilidades de razonamiento moral, discutan sus puntos de vista y compartan sus experiencias en un ambiente adecuado.

Los supervisores que presentan  los casos de estudio deben seleccionar ejemplos reales e importantes que reten a los agentes a pensar críticamente. El facilitador no debe recitar un largo monólogo, teórico sobre la importancia de la ética, sino, más bien, desafiar a los estudiantes en temas clave, fomentar el debate, y examinar las consecuencias de diferentes acciones. Dependiendo del tema, el facilitador puede mostrar videos documentales, noticias, o ejemplos ficticios. En última instancia, un honesto intercambio de información e ideas estimula el desarrollo moral y la conducta ética adecuada.

Conclusión
Los agentes del orden deben mantener la confianza del público para realizar su trabajo eficazmente. Debido a que la conducta ética impacta en gran medida en la confianza del público, las agencias de policía deben examinar de cerca sus políticas, sistemas de recompensa, y la capacitación, para asegurar que sus agencia promuevan  una cultura de valores éticos. En lugar de esperar que los funcionarios ya posean un conjunto de valores firmemente arraigados (bueno o malo) cuando entran en la fuerza policial, los jefes deben recordar que todos los miembros tienen el potencial de actuar virtuosamente, pero cuando el ambiente de trabajo permite la mala conducta, ya sea implícita o explícitamente , la posibilidad que se dispara el abuso crece potencialmente.

Teognis de Megara, otro filósofo griego, dijo:
"Bastante bien examinado, y cabalmente bien comprendido,
nadie es completamente malo, ni bueno del todo[16]." 

Los agentes de policía no están exentos de esta idea. Los Líderes policiales efectivos obtendrán lo mejor de su personal, asegurandose que los agentes entiendan lo que hay que hacer, y que también realmente lo hagan.



[1] Dr. Fitch, a lieutenant with the Los Angeles, California, Sheriff’s Department, holds faculty positions in the 
Psychology Department at California State University, Long Beach, and with the Organizational Leadership Program at Woodbury University.
[2] Steven M. Cahn, Exploring Philosophy: An Introductory Anthology (New York, NY: Oxford University Press, 2000).

[3] George Bragues, “Seek the Good Life, Not Money: The Aristotelian Approach to Business Ethics,” Journal of Business Ethics 67 (2006): 341-57.

[4] Lee D. Ross and Richard E. Nisbett, The Person and the Situation: Perspectives in Social Psychology (New York, NY: McGraw-Hill, 1991).

[5] Alexander H. Jordan and Benoit Monin, “From Sucker to Saint: Moralization in Response to Self-Threat,” Psychological Science 8 (2008): 809-15.

[6] Rushworth M. Kidder, How Good People Make Tough Choices: Resolving the Dilemmas of Ethical Living (New York, NY: Harper, 1995).

[7] William Crain, Theories of Development: Concepts and Applications, 4th ed. (New York, NY: Prentice Hall, 2000).

[8] Stanley Milgram, Obedience to Authority: An Experimental View (New York, NY: Harper Collins, 1975).
[9] John R. Anderson, Learning and Memory: An Integrated Approach, 2nd ed. (New York, NY: John Wiley & Sons, Inc., 2000).

[10] Albert Bandura, “Social Cognitive Theory,” in Annals of Child Development. Vol.6: Six Theories of Child Development, ed. R. Vasta (Greenwich, CT: JAI Press, 1989), 1-60.
[11] Allison T. Chappell and Alex R. Piquero, “Applying Social Learning Theory to Police Misconduct,” Deviant Behavior 25 (2004): 89-108.

[12] Blake E. Ashforth and Vikas Anand, “The Normalization 
of Corruption in Organizations,” Research in Organizational 
Behavior, ed. R.M. Kramer and B.M. Staw 25 (Amsterdam: Elsevier, 2003), 1-52.

[13] Gary R. Weaver, “Ethics and Employees: Making the 
Connection,” Academy of Management Executive 18 (2004): 
121-125.

[14] James C. Wimbush and Jon M. Shepard, “Toward an Understanding of Ethical Climate: Its Relationship to Ethical Behavior and Supervisory Influence,” Journal of Business Ethics 13 (1994): 637-647.

[15] Brian Fitch, “Principle-Based Decision Making,” Law and Order 56 (2008): 64-70.

[16]  J. Banks, trans., The Works Of Hesiod, Callimachus And Theognis, London, UK: Kessinger Publishing, LLC, 2007, 457.

Focus on Ethics


Rethinking Ethics in Law Enforcement
 by Brian D. Fitch[1], Ph.D.


“To know the good is to do the good”
—
Socrates.[2]

Law enforcement agencies strive to recruit, hire, and train only those who demonstrate strong moral values before they enter the academy. Yet, even departments’ best efforts will not prevent instances of police misconduct from garnering attention. Such incidents undermine public trust, jeopardize important investigations, and expose agencies to considerable liability. Many departments respond to these events by adopting formal ethics training programs that focus on character development, which Aristotle referred to as virtue ethics.[3] Like the Socrates quote, Aristotle’s philosophy teaches that as conduct reflects officers’ character and, thus, the various ways that they respond to moral dilemmas, this illustrates fundamental differences in their personal values.

Virtue ethics relies on dispositional qualities, such as personality traits, values, or attitudes, to explain deviant behavior. For example, if officers fabricate evidence to obtain search warrants, their actions reflect their dishonest character. According to this view, character predisposes officers to act certain ways, regardless of the situation. An honest officer feels obligated to tell the truth, while a dishonest one feels inclined to steal. Similarly, a brave officer strives to act courageously, whereas a coward recoils at danger. In either case, officers possess long-term, stable dispositions, and they behave in highly predictable ways.

Unfortunately, decades of research contradict the theory that people differ strongly in their basic character; nearly everyone holds virtuous at the abstract level, and most individuals endorse a similar set of high-level moral values.[4] For example, studies have found that delinquent juveniles subscribe to the same set of conceptual values as their less troubled counterparts, despite their unruly behavior—which suggests that lofty moral values often matter much less than what is commonly believed.[5]

Proponents of virtue ethics argue that certain officers misbehave because they lack character. These “bad apples” managed to “slip through the cracks” despite their unethical values. They argue that police abuse occurs in isolated incidents and involves a few immoral opportunists who were corrupt before they became officers. Unfortunately, this interpretation fails to explain how otherwise exemplary officers with no prior history of wrongdoing, many of whom are sterling role models in their families, churches, and communities, can become involved in misconduct.

“Mitigating the
risk for officer
misconduct requires
a more complete
understanding
of human behavior
and motivation.
Certainly, officers’ character, or virtue ethics, still are crucial to their success. However, this narrow view concentrates almost exclusively on moral values and thus ignores the situational and psychological factors that influence behavior. Mitigating the risk for officer misconduct requires a more complete understanding of human behavior and motivation. This article offers law enforcement professionals a new way to think about misconduct. This explanation emphasizes moral development, social learning, and cognitive rationalization and suggests tactics to foster a culture of ethics in any agency.

Moral Development
Before officers can behave ethically, they must recognize the morals at stake in the situation, understand the principles and values involved, and choose the proper course of action.[6] To explain this reasoning process, psychologist Lawrence Kohlberg proposed perhaps the most influential theory of moral development. He believed that moral development proceeds along three highly predictable, invariant levels, termed preconventional, conventional, and postconventional, with each one organized into two distinct stages.[7] According to Kohlberg, at each stage, people employ increasingly sophisticated explanations and problem-solving strategies to address moral dilemmas.

At the simplest level of reasoning, the preconventional, external consequences guide individuals’ sense of right and wrong—punishment in stage one and self-interest in stage two. At this point, they possess no internalized values or rules to guide behavior.

As people progress to the conventional level, they determine right and wrong based on social expectations (stage three) and the desire to maintain social order by following laws and showing respect for authority (stage four). They determine moral reasoning through conformity to social rules, norms, and expectations.

Finally, at the postconventional level, people judge morality based on the desire to protect the basic liberties of all members of society. In stage five, individuals only uphold legal principles that promote fairness, justice, and equity; by stage six, they follow self-selected ethical and moral principles that encourage respect for human life, equality, and human dignity. If these internal principles conflict with societal laws, the self-chosen principles reign supreme.

While officers’ stages of moral development obviously impact their on-the-job behavior, most adults determine proper behavior, as well as the moral implications of those actions, after they observe other group members. This especially rings true in unfamiliar or ambiguous circumstances, which often describes the situation of newly assigned officers.

“…most adults
determine proper
behavior, as well as the
moral implications of
those actions, after they
observe other group
members.”

In the 1960s, Yale University psychologist Stanley Milgram demonstrated how external factors influence moral judgment in a series of experiments on obedience.[8] The experiment involved teams of three people: an experimenter, a “learner,” and a teacher (the only actual subject of the experiment). The experimenter instructed the teacher to quiz the learner, a confederate of the researcher, on a list of word pairs. Each time the learner answered incorrectly, the teacher administered shocks from what they thought was an electroshock generator. The learner, located in another room and hidden from view, pretended to express increasing discomfort, even banging on the walls and reminding the teacher of a “preexisting heart condition.” As the shocks approached 135 volts, many of the teachers began to question the experiment. Almost invariably, the subjects (teachers) looked to the experimenter for ethical guidance. When the experimenter instructed the teachers to persist, the majority of subjects delivered shocks to the maximum level of 450 volts despite the learner’s desperate pleas.

Milgram’s findings were unsettling, to say the least. However, a set of follow-up experiments designed to test a second person’s influence on participants’ behavior yielded very different results. When the second “teacher” (another confederate of Milgram) declined to administer shocks past 210 volts, the majority of experimental subjects also refused. This result implies that the mere presence of a second person sufficed to motivate the subjects to “vote their conscience” (i.e., to follow their best judgment and stop the experiment).

Despite the forecast of a group of psychiatrists who predicted that only 1 percent of subjects would administer the maximum shock of 450 volts, 2/3 of subjects (65 percent) in the original set of trials delivered the maximum shock. During the follow-up experiments, however, when a second teacher refused to proceed past 210 volts, only 10 percent of the subjects continued to the maximum level of 450 volts. Milgram concluded that the presence of an authority figure (experimenter) significantly influenced the teachers’ decisions to continue the shocks in the first set of experiments; however, the mere presence of another conscientious observer overcame those effects.

Milgram’s findings provide strong evidence for the theory that most people look to others for moral guidance, especially in unfamiliar situations. For law enforcement leaders, the lesson is clear—with ethics, most officers need to be led. Additionally, the formal and informal leaders who provide this guidance play a critical role in officers’ moral development and conduct.

Social Learning
Most officers enter law enforcement with minimal experience in the field or in handling the moral dilemmas that officers typically encounter. They learn how to perform their jobs, as well as recognize the organizational norms, values, and culture, from their peers and supervisors. While supervisors provide direct, formal reinforcement, officers’ peers offer friendship and informal rewards that, in many cases, hold greater influence than official recognition from the agency. Also, police often spend considerable time socializing with other officers, both on and off the job. This sense of community drives officers to adopt the behaviors, values, and attitudes of the group in order to gain acceptance.

Because behavior results from consequences, law enforcement officers learn about acceptable and unacceptable practices through a consistent, timely, and meaningful system of reward and punishment. Officers likely will repeat behaviors that lead to reinforcing outcomes, while they rarely will duplicate behaviors that lead to punishment—an occurrence referred to as the Law of Effect.[9] If officers receive positive reinforcement after they perform certain actions, even illegal ones, they likely will behave similarly in the future despite organizational policies or prohibitions.






Officers observe how other group members receive recognition, both formally by the organization and informally by their peers, to learn what constitutes appropriate behavior in a process known as vicarious learning.[10] Psychologists discovered that the most effective vicarious learning models possess specific attributes

Competence: Most police officers take great pride in the ability to perform their duties with minimal supervision, even in demanding circumstances. Therefore, they model the behavior of the most competent and experienced officers.

Status: Typically, officers respect those with impressive organizational status. In law enforcement, though, an individual may hold status not within the larger agency, but only among an informal group or specialized unit. Informal peer leaders shape the behavior of less experienced officers who aspire to a similarly prominent position.

Power: Those who can reward or punish an officer’s performance, either formally or informally, tend to wield the most influence. Like recognition, power can be either formal or informal, and sometimes those with unofficial power hold significantly more sway than official organizational policies or formal supervision.

These informal power networks can exacerbate unethical behavior by transmitting a set of shared values, beliefs, and norms that depart from agency policy. Research finds that officers engage in certain forms of conduct to secure and maintain peer-group approval.[11] If officers remain unsure about the legality or morality of a particular behavior, they look to the peer group for assurance, just as Milgram’s subjects relied on the experimenter for ethical guidance. When officers engage in immoral conduct, they often justify their actions through the values and beliefs of the peer group. 

Cognitive Rationalizations
Regardless of external influences, most individuals first convince themselves of the morality of their actions. Unethical officers might employ cognitive rationalizations, mental and linguistic strategies that sanitize or neutralize deviant behavior, to make their actions appear socially acceptable. Interestingly, research on white-collar crime indicates that corrupt individuals do not view themselves as such, and they explain their behaviors as part of normal, acceptable business practices. Similar studies of law enforcement found that police officers define misconduct in very narrow terms, while citizens define it more broadly. Officers may employ specific strategies to nullify their negative feelings or regrets about misconduct.[12]

Denial of victim: With this strategy, officers argue that the violated party deserved to be victimized. For example, an officer who steals cash from a suspected drug dealer during a search argues that the dealer holds no entitlement to the money because he earned it illegitimately.

Denial of responsibility: Police convince themselves that they acted improperly because no other options existed. The circumstances may involve peer pressure, an unethical supervisor, or an environment where “everyone else was doing it.” These officers view themselves as victims with no real choice but to participate in the misconduct.

Denial of injury: In this form of rationalization, guilty parties convince themselves that their actions did not harm anybody and, thus, were not really corrupt. For example, officers might feel tempted to justify stealing profits from a drug dealer when the dealer did not rightfully earn the money, and it would be difficult to identify an aggrieved party. Police neutralize this behavior by comparing their actions to the crimes of the drug dealer.

Social weighting: When relying on this form of explanation, corrupt police make selective social comparisons to justify their unethical conduct. For instance, officers who falsify a police report to convict a robbery suspect might minimize their participation in the misconduct and vilify a coworker who “lies all the time on reports.”

Moral justification: At times, people claim that they must break certain rules to achieve a more important goal. For example, officers may violate strict search and seizure laws to arrest a pedophile because, given the high stakes of the crime, they believe that the ends justify the means. Officers with this attitude feel that if the laws prevent them from effectively executing their job, then they must bend the rules or make an exception to arrest a dangerous felon. Unlike other rationalizations, moral justification not only excuses deviant conduct but can actually glorify such acts in the name of justice. Officers often convince themselves that their jobs demand such actions for the “greater good.”

…law enforcement
officers learn about
acceptable and
unacceptable practices
through a consistent,
timely, and meaningful
system of reward and
punishment.

In law enforcement, officers can invoke these rationalizations either prospectively (before the corrupt act) to forestall guilt and resistance or retrospectively (after the misconduct) to erase any regrets. Law enforcement leaders must remain alert to the presence of rationalization in their agency’s culture because rationalization alters the definition of unethical conduct to make immoral behavior seem socially acceptable.

Culture of Ethics
Law enforcement leaders must create a culture of ethics within their agency. First, the organization must ascribe to a mission statement and a clear set of operating values that represent more than hollow promises, but, rather, establish standards for employees’ behavior at all levels and illustrate that ethics play a crucial role in an officer’s success in the agency.[13] If managers neglect ethics or, even worse, behave poorly themselves, this demonstrates to officers that neither the agency nor its leaders care about proper conduct. Strong moral behavior at all levels sends officers a clear, consistent message that the agency will not tolerate inappropriate behavior.

Next, supervisors should work diligently to reward appropriate conduct and correct inappropriate behavior.[14] Because informal leaders significantly impact officers’ attitudes and behaviors, formal managers must confront ethical problems immediately and penalize immoral conduct quickly and appropriately. For an effective culture of ethics, officers must observe that ethical officers advance their careers and immoral ones receive punishment.






Often, supervisors struggle to accept that members of their agency behave unethically. Even when they openly acknowledge wrongdoing, senior management can blame the misconduct on rogue officers and argue that they misrepresent the larger agency. Law enforcement leaders must accept the possibility of pervasive unethical conduct and quickly address such incidents.

Finally, law enforcement agencies should frequently discuss ethics in the workplace.[15] Like physical fitness, ethical fitness requires constant practice. Case studies provide an effective tool for this continual reinforcement; they allow officers to test their moral reasoning skills, discuss their views, and share their experiences in a safe environment.

Supervisors who facilitate case studies should select relevant, real-world examples that challenge officers to think critically. The facilitator should not recite a lengthy, theoretical monologue on the importance of ethics, but, rather, challenge students on key issues, promote discussion, and examine the consequences of different actions. Depending on the topic, the facilitator can showcase video documentaries, news stories, or fictional examples. Ultimately, an honest exchange of information and ideas stimulates moral development and proper ethical conduct.

Conclusion
Law enforcement officers must safeguard the public’s trust to perform their jobs effectively. Because ethical conduct greatly impacts public trust, law enforcement agencies must closely examine their policies, reward systems, and training to ensure that their agency fosters a culture of firm ethical values. Instead of expecting that officers already possess a firmly engrained set of values (good or bad) when they enter the police force, managers must remember that all officers have the potential to act virtuously; but, when the work environment allows misbehavior either implicitly or explicitly, the potential for abuse skyrockets.

Theognis of Megara, another ancient Greek philosopher, said, 
“Fairly examined, truly understood, 
no man is wholly bad, nor wholly good.”[16] 


Police officers are not exempt from this idea. Effective law enforcement leaders bring out the best in their staff by ensuring that officers not only understand the right thing to do but actually do it.

The Bulletin’s E-mail Address[17]


[1] Dr. Fitch, a lieutenant with the Los Angeles, California, Sheriff’s Department, holds faculty positions in the 
Psychology Department at California State University, Long Beach, and with the Organizational Leadership Program at Woodbury University.
Dr. Fitch can be reached for comments at bdfitch@lasd.org.
[2] Steven M. Cahn, Exploring Philosophy: An Introductory Anthology (New York, NY: Oxford University Press, 2000).

[3] George Bragues, “Seek the Good Life, Not Money: The Aristotelian Approach to Business Ethics,” Journal of Business Ethics 67 (2006): 341-57.

[4] Lee D. Ross and Richard E. Nisbett, The Person and the Situation: Perspectives in Social Psychology (New York, NY: McGraw-Hill, 1991).

[5] Alexander H. Jordan and Benoit Monin, “From Sucker to Saint: Moralization in Response to Self-Threat,” Psychological Science 8 (2008): 809-15.

[6] Rushworth M. Kidder, How Good People Make Tough Choices: Resolving the Dilemmas of Ethical Living (New York, NY: Harper, 1995).

[7] William Crain, Theories of Development: Concepts and Applications, 4th ed. (New York, NY: Prentice Hall, 2000).

[8] Stanley Milgram, Obedience to Authority: An Experimental View (New York, NY: Harper Collins, 1975).
[9] John R. Anderson, Learning and Memory: An Integrated Approach, 2nd ed. (New York, NY: John Wiley & Sons, Inc., 2000).

[10] Albert Bandura, “Social Cognitive Theory,” in Annals of Child Development. Vol.6: Six Theories of Child Development, ed. R. Vasta (Greenwich, CT: JAI Press, 1989), 1-60.
[11] Allison T. Chappell and Alex R. Piquero, “Applying Social Learning Theory to Police Misconduct,” Deviant Behavior 25 (2004): 89-108.

[12] Blake E. Ashforth and Vikas Anand, “The Normalization 
of Corruption in Organizations,” Research in Organizational 
Behavior, ed. R.M. Kramer and B.M. Staw 25 (Amsterdam: Elsevier, 2003), 1-52.

[13] Gary R. Weaver, “Ethics and Employees: Making the 
Connection,” Academy of Management Executive 18 (2004): 
121-125.

[14] James C. Wimbush and Jon M. Shepard, “Toward an Understanding of Ethical Climate: Its Relationship to Ethical Behavior and Supervisory Influence,” Journal of Business Ethics 13 (1994): 637-647.

[15] Brian Fitch, “Principle-Based Decision Making,” Law and Order 56 (2008): 64-70.

[16] J. Banks, trans., The Works Of Hesiod, Callimachus And Theognis, London, UK: Kessinger Publishing, LLC, 2007, 457.
[17] The FBI Law Enforcement Bulletin staff invites you to communicate with us via e-mail. Our e-mail address is leb@fbiacademy.edu.
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