Escribe: Antonio
Goicochea
Imagen : Jorge Contreras
(Educarte)
Volvía Koniwaska, alegre como todos
los días. Cuando apenas, el sol había extendido sus primeros rayos sobre la
pampa, había salido de la casa. Ahora retornaba trayendo las alforjas llenas de
muchas cosas para compartirlas con sus hijos en el seno de su hogar y de su
Ayllu[1].
A
veces iba con Uchu, su fiel allco[2] a los cerros, y
entre los bosques, con ayuda de arco, flecha, waraka[3], y con trampas
hechas de soga de cabuya cazaba luychus[4], de los que
aprovechaban la carne, fresca y seca; el cuero para mullida alfombra o
cabecera, y los cuernos y patas, para warkus[5]; otras cazaba
patos y pavas del monte, y, otras pescaba en el río.
Los
niños del ayllu, se arremolinaban a su alrededor y celebraban su llegada. Luego
jugaban a la caza como sus mayores.
En
una de esas salidas, Koniwaska se guareció de la lluvia en una cueva que era
frecuentada por un oso. Cuando el animal se acercó a la cueva, con su waraka y
los ladridos de Uchu logró ahuyentarlos. Al recoger piedras para lanzarlas como
proyectiles se halló con una piedrecita de color del sol. Era una pepita de




