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jueves, 4 de diciembre de 2014

Koniwaska y la leyenda del origen del maíz, por Antonio Goicochea


Escribe: Antonio Goicochea
Imagen : Jorge Contreras (Educarte)
           
Volvía Koniwaska, alegre como todos los días. Cuando apenas, el sol había extendido sus primeros rayos sobre la pampa, había salido de la casa. Ahora retornaba trayendo las alforjas llenas de muchas cosas para compartirlas con sus hijos en el seno de su hogar y de su Ayllu[1].

            A veces iba con Uchu, su fiel allco[2] a los cerros, y entre los bosques, con ayuda de arco, flecha, waraka[3], y con trampas hechas de soga de cabuya cazaba luychus[4], de los que aprovechaban la carne, fresca y seca; el cuero para mullida alfombra o cabecera, y los cuernos y patas, para warkus[5]; otras cazaba patos y pavas del monte, y, otras pescaba en el río.

            Los niños del ayllu, se arremolinaban a su alrededor y celebraban su llegada. Luego jugaban a la caza como sus mayores.

            En una de esas salidas, Koniwaska se guareció de la lluvia en una cueva que era frecuentada por un oso. Cuando el animal se acercó a la cueva, con su waraka y los ladridos de Uchu logró ahuyentarlos. Al recoger piedras para lanzarlas como proyectiles se halló con una piedrecita de color del sol. Era una pepita de

viernes, 28 de noviembre de 2014

En la cumbre del Chimboyoc, cuento de Antonio Goicochea

Cuento: Antonio Goicochea
Imagen: Jorge Contreras (Educarte)
             Cuando el sol ya calentaba, y de las chozas salía humo anunciando que se preparaba el desayuno en la comarca, José colocaba en sus alforjitas un poco de cancha[1] o a veces mach’ka [2] y quesillo, y acompañándose de Jovero, su perro mitayo[3], iniciaba su jornada diaria.
 
            Retirando los palos que hacían de puerta del corral, sacaba a la veintena de ovejas y cabritos para pastarlas en las laderas del Chimboyoc[4]. Llevaba poncho y sombrero para protegerse del frío, no de la lluvia, porque hacía mucho que no llovía. Los sembríos se habían secado y se perdieron. El viento soplaba y arrastraba el polvo de la falta de los cerros. La comida escaseaba tanto que de los warkus[5] las mamás jalaron las últimas wayunkas[6] de comida. Quedaban solo las de semilla.

            Ladrando y mordisqueando a las ovejas y cabritos que salían del camino, Jovero las

lunes, 24 de noviembre de 2014

Las canillas de muerto, cuento de Antonio Goicochea

Texto de Antonio Goicochea Cruzado[1]
Imagen: Jorge Contreras EDUCARTE

            Al paso de transeúntes, todas las noches se abría una de las ventanas de una respetada casa de la calle Bolívar, entre las calles Cajamarca y Sucre; y, esta noche otra vez se abrió y quien esperando estaba esto es lo que vio.

            De la calle del cementerio, cuesta arriba, caminaban en dos columnas unas mujeres todas vestidas de negro en solemne procesión, rezando acompasadamente fúnebres, en un idioma no entendible.

            Se dirigían a la iglesia y cuando terminaban de pasar por la ventana en referencia, la última de las acompañantes, le dijo a la expectante:

            -Abre tus puertas, queremos dejarte unas velitas para tus oraciones.

            La beatita chismosa se estremeció de pavor. Quedó petrificada; y no pudiendo hablar tampoco contestó a tal

lunes, 17 de noviembre de 2014

"El Duende", cuento de Antonio Goicochea

Texto de Antonio Goicochea Cruzado[1]
Imagen: Jorge Contreras EDUCARTE

            Don Marcos Medina, a la sazón,  cuartapartero  de Chiapón[2], después de las ventas realizadas el día sábado a las placeras[3] que transportaban los productos para venderlos a su vez el domingo en San Miguel; y aprovechando la luna llena, había salido a las nueve de la noche, venía  montado en su mula.
            A la altura de La Meseta, se colocó su poncho merino, a cordoncillo, que le había tejido su Rosa.
            Al trote ligero de la mula, a la media noche se encontraba por la cuesta de Cayangad. La piedra plana que existe en una de las curvas del camino y que sirve de descanso a los dolientes que llevan sus difuntos a enterrarlos en el cementerio de la ciudad, brillaba a lo lejos.

            Cuando se hubo acercado a ella, la mula pajareaba[4].
            -¡Quieta mula! - dijo sereno. Al centro de la piedra vio a un niño que lastimero lloraba y que como era pequeño, todavía no hablaba. Estaba envuelto en un pequeño rebozo.
            -Pobre niñito -dijo para sí- mi deber de cristiano es protegerlo, lo llevaré a San Miguel, la Rosa lo cuidará; si no aparecen sus padres lo criaremos como a nuestro hijo. Lo envolvió con su chalina y lo abrigó con su poncho. Lo subió a la acémila. Don Marcos picó espuelas.
            La mula, antes ágil, ahora se mostraba lerda,  se cansaba. Él mismo sentía un peso