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jueves, 30 de octubre de 2014

EL SEÑOR DE LOS MILAGROS, ROSTRO DE UN PUEBLO, para creer en Dios

Texto preparado para el álbum fotográfico de Sara Manjón y publicado el domingo 5 de octubre en el suplemento dominical de La Primera, Lima.

El 2015 la humanidad celebrará el natalicio de Teresa de Jesús, la renovadora del Carmelo en aquel cambio de época que fue el Renacimiento, el siglo XVI. En ninguna parte del mundo, sus hijas que en sustantivo son "carmelitas" llevan un adjetivo tan calificativo como en La Ciudad de los Reyes, Lima, "las nazarenas". Y todo, gracias al Nazareno, el Cristo de Pachacamilla, el Señor de los Milagros. Cuando visitamos su santuario llama la atención el espíritu carmelitano en las imágenes de los altares, en las voces de los cánticos, en la presencia del silencio sonoro de sus oraciones, y resuena con más rotundidad la elegante y nostálgica glosa de Fray Luis de León sobre la personalidad de la santa reformadora:

"Yo no conocí ni vi a la Madre Teresa de Jesús mientras estuvo en la tierra; mas agora que vive en el cielo la conozco y veo casi siempre en dos imágenes vivas que nos dejó de sí, que son sus hijas y sus libros, que a mi juicio son también testigos fieles y mayores de toda excepción de su gran virtud" [1].

También nosotros podríamos glosar a Fray Luis, aplicándolo al Señor de los
Milagros: "Yo no conocí ni vi al Señor mientras obraba sus milagros en el Perú, mas agora que vive en el cielo lo conozco y veo casi siempre en dos imágenes vivas que nos dejó de sí, que son sus hijas carmelitas y sus cofrades de la Hermandad". Yo añadiría una tercera –y que me perdone Sara Manjón, autora de este libro,  las miles de fotografías captadas por su lente que "a mi juicio son también testigos fieles y mayores de toda excepción de su gran virtud" y del permanente milagro que en la procesión y en el día a día experimentan cuantos se encuentran con el Señor.

UN MUNDO NUEVO EN AQUEL CAMBIO DE ÉPOCA

Un mundo nuevo se abre, la tierra se agranda con nuevos continentes, y la misión de nuevo impulsa a la Iglesia a llevar a Cristo hasta las últimas fronteras. Como toda novedad y todo encuentro, éste también supuso -en términos generales- una inyección de ilusión colectiva que se concretó en una desbordante creatividad tanto en el Viejo como en el Nuevo Mundo. Fray Luis de León, consciente de la densidad histórica del momento, en su célebre obra Los nombres de Cristo, anotó:

"Y lo que pasó entonces, en toda la redondez del orbe romano, pasó en la edad de nuestros padres y pasa ahora en la nuestra, y por vista de ojos lo vemos en el mundo nuevamente hallado; en el cual, desplegando por él su victoriosa bandera la palabra del Evangelio, destierra pon doquiera que pasa la adoración de los ídolos"[2].

Tal como escribe la Santa en su autobiografía, fueron doce hermanos: "éramos tres hermanas y nueve hermanos" (Vida I, 4) : María, hermanastra, 10 años mayor que ella;  Juan de Cepeda, nacido en 1507, capitán de infantería, que murió en plena  juventud en la guerra de África, Hernando, Teresa, Rodrigo, Juan de Ahumada, Lorenzo, Antonio, Pedro, Jerónimo, Agustín y Juana[3]. La mayoría, siete, se establecieron en América, y concretamente en el Perú. Santa Teresa de Jesús, en su gracia y donaire inigualables, se hace portavoz de la benéfica influencia de misioneros que, como el P. Alonso Maldonado de Buendía, vienen a América y regresan a España renovados en su espíritu misionero:

"Comenzóme a contar de los muchos millones de almas que allí se perdían por falta de doctrina e hízonos un sermón y plática animando a la penitencia, y fuese. Yo quedé tan lastimada de la perdición de tantas almas que no cabía en mí: fuime a una ermita con hartas lágrimas, clamaba a nuestro Señor, suplicándole diese medio cómo yo pudiese algo para ganar algún alma para su servicio [...]. Había gran envidia a los que podían por amor de nuestro Señor emplearse en esto aunque pasasen mil muertes. Y así me acaece que, cuando en las vidas de los santos leemos que convirtieron almas, mucha más devoción me hace más ternura y más envidia que todos los martirios que padecen, pareciéndome que precia más un alma que por nuestra industria y oración le ganásemos mediante su misericordia, que todos los servicios que le podamos hacer" [4].

Y las hijas de Teresa seguirán desde sus carmelos –"palomarcicos"- el negocio de la Santa Madre: Salvar almas. La vida contemplativa femenina, su vida claustral eclesial, tiene múltiples manifestaciones a lo largo del planeta y en la bimilenaria historia de la Iglesia. El misterio real histórico de la Encarnación –el Dios hecho hombre- "rostro humano de Dios y el rostro divino del hombre" como nos dice la Conferencia de Aparecida, se concreta en santuarios, advocaciones, instituciones, en nuestro caso en el santuario del Señor de los Milagros y  en el Monasterio de las Carmelitas Nazarenas, donde el fascinante misterio de Dios humanado hace palpar la realidad de que Dios se ha hecho peruano. Así lo perciben los peruanos en su Nazareno, su Cristo Moreno, su Señor de los Milagros, y en su querido monasterio de Nazarenas. Las Madres Carmelitas han sido y son el alma de este culto multisecular. Se guardan en su archivo los registros de las profesiones, las dotes, los testimonios de su fervorosa dedicación, los documentos del proceso de beatificación de Madre Antonia Lucía. Su carisma no es otro que el de la Orden carmelitana descalza, muy sintonizada desde Santa Teresa con la devoción al Cristo llagado y crucificado. Además de su permanente vida inmolada desde la clausura, las Madres Carmelitas Nazarenas acometen una decidida obra social a través del comedor de niños, ancianos y familias pobres. Se sirve a diario unas 250 raciones de desayuno (de 7.00 a 9.30) y almuerzo para los niños, y cerca de 80 raciones para ancianos y otras 80 familias en el Comedor de Jirón –Emancipación 594, 2º (puerta de fierro) y en el Dispensario médico se atiende gratuitamente a diario (de 3 a 6 de la tarde) mediante 4 médicos.
  
"ESTÁSE ARDIENDO EL MUNDO"

'Estáse ardiendo el mundo, quieren tornar a sentenciar a Cristo –como dicen- pues le levantan mil testimonios, quieren poner su Iglesia por el suelo, ¿y hemos de gastar tiempo en cosas que por ventura, si Dios se las diese, tendríamos un alma menos en el cielo? No es, hermanas mías, no es tiempo de tratar con Dios negocios de poca importancia'.
'Paréceme que mil vidas pusiera yo para remedio de un alma de las muchas que veía perder. Y como me vi mujer y ruin e imposibilitada de aprovechar en lo que yo quisiera en el servicio del Señor, que toda mi ansia era, y aún es, que pues tiene tantos enemigos y tan pocos amigos, que ésos fuesen buenos, determiné a hacer eso poquito que era en mí, que es seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese, y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo'
Teresa de Jesús, Camino de Perfección, C.1

Recios fueron los tiempos que le tocó vivir a Teresa. En verdad que sintió arder el mundo por los cuatro costados. Europa y la Iglesia se desgarran por el cisma protestante. La Iglesia está necesitada de una profunda reforma que vuelva a poner a Cristo en el medio. Y el Espíritu, que nunca deja sola a su Esposa, suscita una pléyade de santos impresionantes: Ignacio de Loyola, Juan de la Cruz, Francisco Javier, Francisco de Borja, Pedro de Alcántara… y Teresa de Jesús.

¿Y hoy? También está ardiendo el mundo, sin duda: tensiones y guerras, terrorismo brutal, avance del Islam, capitalismo salvaje que rebrota con fuerza, civilizaciones que caen y culturas que florecen, tiempos de incertidumbre ante un futuro que no sabemos a ciencia cierta qué nos deparará. Todo va muy deprisa. Cambian las mentalidades, hay un nuevo continente recién descubierto también hoy, Internet, que lo invade todo. Se globaliza todo, sí,  menos la riqueza, pues estamos en un mundo de libres y esclavos, de pobres y ricos, de despilfarro y miseria extrema. Y la lucha entre el mal y el bien, la justicia y la injusticia, sigue en el corazón de cada hombre, sigue en este mundo.

MOMENTOS ESTELARES DEL GRAN ACONTECIMIENTO

Surgió allá por el año de 1650, en el barrio limeño de Pachacamilla, en el solar sobre el que se alza el actual templo de Las Nazarenas, cuando unos negros procedentes de Angola, en África, se unieron en cofradía, levantando una tosca ramada para sus reuniones. Como puede verse en el cuadro estadístico, los afroperuanos representan en número el 50% de la población, aunque, social y culturalmente son marginados, cuando no excluidos, reduciendo sus expresiones culturales a lo mínimo: el canto, la danza, la oración. Para presidir sus encuentros mandaron pintar una imagen del Cristo Crucificado sobre una de las paredes de adobe. Fue un esclavo negro, ¿de nombre Benito?, quien plasmó esa sagrada imagen. Poco después se contrató a un "primoroso pintor", José de la Parra, para que la mejorase. Venerada tan sólo por los concurrentes a las reuniones del barrio, permaneció expuesta a la intemperie de soles y garúas. El 13 de noviembre de 1655 un violento terremoto sacudió los cimientos de la ciudad, y muchos de los edificios se vinieron abajo, incluyendo las casas vecinas del muro donde se veneraba el Cristo: tan sólo la pared pintada con la imagen del Crucificado permaneció en pie. Un testigo presencial de los hechos nos lo refiere del siguiente modo en la "Relación del Terremoto que arruinó a Lima en 13 de noviembre de 1655":

Las paredes más robustas se mecían y doblegaban como si fuesen débiles juncos al soplo de los vientos; las cruces más firmes en las peanas al repetido vaivén desmintieron de la fijeza de sus lugares; las campanas y esquilones se doblaban en desordenado clamor; la tierra, en parte rajada, se abría en grietas y terribles bocas Tuvo, al parecer, este terremoto su origen y nacimiento del presidio del Callao, por la parte que mira al poniente, porque de su espaciosa isla fue mayor el combate y se reparó que, cayendo de lo alto desmedidos peñascos, se deshacían con estruendo al precipitarse en el mar. Arruinóse del todo la Iglesia de nuestro Colegio del Callao, hermoso y recién acabado templo de cal y canto, pereciendo únicamente en las ruinas un hermano donado que hacía a la sazón la señal de la plegaria.
 En Lima combatió de suerte la iglesia del glorioso San Francisco que dentro de breves días se vino toda al suelo, entre las doce y la una del día, sin oprimir a persona alguna; muchos edificios de la ciudad padecieron igual ruina y los más flaquearon de suerte que fue menester el prevenirles reparo. La ciudad, al fin, padeció irreparables daños y, como dieron en repetirse por muchos días los vaivenes y estremecimientos de la tierra, sin pasarse sin sobresaltos muchas horas, asustados y con razón temerosos los vecinos huyeron de vivir a sombra de tejado ni en el resguardo y seguridad de sus casas. Muchos se retiraron a sus huertas y quintas; no pocos pasaban en sus patios las noches; los más así en la plaza mayor como en las plazoletas de la ciudad armaron sus pabellones y tiendas de campaña, repartidas las familias en varios alojamientos; algunos escogieron por más seguro lugar los burgos y arrabales por donde tiene la ciudad sus salidas al campo".

El 13 de noviembre de 1655, un violento terremoto sacudió los cimientos de la ciudad de Lima dejando en ruinas innumerables construcciones. Lo mismo ocurrió con las casas colindantes al muro donde se había plasmado la imagen de Cristo, el único que permaneció en pie. El jesuita Padre Francisco del Castillo salió del Colegio de San Pablo exhortando a todos al arrepentimiento La misma tarde del temblor prestó auxilio a los necesitados y, al pasar por la Catedral, la gente comenzó a seguirle. Así, al día siguiente, como continuaban los temblores, se condujo en procesión la imagen de Cristo crucificado de la Capilla de Nuestra Señora de los Desamparados desde allí hasta la Catedral, acompañada por más de 10 mil personas. Las noticias de hechos milagrosos atribuidos a la imagen atrajo el interés del público que empezó a hablar de ella como de 'El Señor de los Milagros'.
Nicomedes Santa Cruz, en su obra La Cofradía de Pachacamilla y el Señor de los Milagros cantará A la Hermandad de Cargadores:
Humildísimo Jesús crucificado en un muro:
del oscuro más oscuro sacaste radiante luz.
¿Qué pintor te puso en cruz para que nunca te borres?
Cayeron las altas torres y quedó tu imagen sola
pintada por ese angola que vio Fray Martín de Porres.

En 1671 más de un centenar de personas se reunían en ese galpón de Pachacamilla, para alabar con sus cantos y fiestas al Señor. En vista del ruido que se armaba, las autoridades mandaron destruir el muro, pero con gran sorpresa vieron que ocurrían diversos fenómenos que hacían imposible derribarlo. El día 14 de septiembre del mismo año, en que la Iglesia desde hace siglos recuerda la exaltación de la Santa Cruz, se celebró por primera vez la Misa junto a la imagen del Cristo Crucificado, a la que sólo años más tarde se añadió las imágenes de la Virgen y San Juan, así como las del Padre Eterno y del Espíritu Santo.
En la madrugada del 20 de octubre de 1687, un maremoto arrasó con el Callao y parte de Lima y derribó la capilla edificada en honor a la imagen de Cristo, quedando solamente erguida la pared con la imagen del Señor. Tan terrible evento originó que se confeccionara una copia al óleo de la venerada imagen.

Pero fue el 28 de octubre de 1746 el día en que se registró uno de los peores terremotos en la Ciudad; fue así que en ese día, salió el Señor de los Milagros en procesión, y desde entonces sigue haciéndolo cada año en esa misma fecha. En 1766, gracias a la intervención del virrey Manuel Amat y Junient, se organizó una procesión extraordinaria para solicitar apoyo económico a los feligreses, constituyéndose en esa ocasión las cuatro primeras cuadrillas de  cargadores de la imagen. Finalmente, en el año 1771, se terminó de construir la Iglesia de las Nazarenas donde actualmente reside la Imagen, realizándose a tal efecto un solemne acto con presencia del Virrey y sus cuerpos administrativos, el Arzobispo, milicias provinciales y altares de las órdenes de Santo Domingo, San Agustín, la Merced, y la Parroquia de San Marcelo[5].

Conforme avanzaban los años, los devotos aumentaban en forma considerable. A ello contribuyeron las gracias e indulgencias que por los Papas Benedicto XIV en 1750 y Pío VI en 1778 concedieron a todos los fieles que acompañasen la procesión de una iglesia a otra; posteriormente, se concedieron otras indulgencias para la fiesta de la Exaltación de la Cruz, el 14 de septiembre. En 1778 se concedió indulgencia parcial a cuantos recitasen alguna oración ante la imagen los primeros viernes de cada mes.

Durante el siglo XIX no se observan grandes cambios en relación con la historia del culto (o al menos no han quedado registrados de esa manera), seguramente en razón de la magnitud de los acontecimientos ligados al contexto sociopolítico de América en general y del Perú en particular, tanto durante el período revolucionario como en el posterior reacomodamiento político-territorial de la República peruana (sumado esto al consecuente proceso de secularización que acompañó la conformación de las repúblicas americanas). Sí encontramos algunos hechos significativos para la década de 1870, principalmente en lo que respecta a la dimensión organizativa del culto: en 1878 se constituye oficialmente la Hermandad de Cargadores y Sahumadoras del Señor de los Milagros Nazarenas de Auxilios Mutuos, que se mantuvo independiente de la injerencia eclesiástica hasta mediados del siglo siguiente.

Ya desde comienzos del siglo XX el culto comenzó a manifestar un progresivo crecimiento en cuanto al número de devotos y a la multiplicación de sus imágenes en distintos lugares de América y de Europa, crecimiento que (con algunos matices) continúa hasta el día de hoy. Tanto que podríamos decir que allá donde migra un peruano lleva consigo al Señor de los Milagros.

 El día 15 de octubre de 1922 fueron bendecidas las nuevas andas de plata para la imagen procesional del Señor de los Milagros, en una solemne ceremonia con concurrida asistencia de autoridades y representantes de instituciones locales, y con el padrinazgo del propio presidente Leguía. En 1937, dos años después de celebrarse el cuatricentenario de la fundación española de Lima, estas andas recibieron como ofrenda de la municipalidad un escudo de la ciudad. En 1954, es elegido a través de un concurso el Himno al Señor de los Milagros que actualmente se canta en las procesiones, elaborado por una distinguida compositora de la elite limeña, Isabel Rodríguez Larraín Pendergast

En 1955 reciben el reconocimiento oficial de la Hermandad por la autoridad eclesiástica, adquiriendo la debida personería legal y jurídica (los estatutos se inscribieron notarialmente el 29 de enero de 1959). Este mismo año, tras el terremoto de 1940, el ingeniero Juan Dupay presidió la obra de reforzamiento de la bóveda, el crucero, los arcos, la cúpula, la concha del Altar Mayor; se revistió con malla de acero lo necesario y se dejó amarrado el perímetro del templo con un cinturón de concreto armado; de igual modo, se restauró la fachada y se modificaron totalmente las torres, dotándolas de mayor esbeltez. Se renovó el pavimento de la iglesia; los restos de Antuñano y Madre Antonia se colocaron en sendos nichos en la parte de la izquierda y derecha respectivamente del crucero. El 17 de octubre se inauguró solemnemente el remozado templo con la presencia del Cardenal Landázuri.

                En 1985 la Santa Sede elevó el día 28 de octubre –en el Calendario Litúrgico Propio del Perú- al rango de solemnidad en Lima, y de fiesta en el resto del Perú, con un formulario propio para la Misa.

Ya en 1987 comenzó a construirse la Capilla de la Reconciliación, en un área de 2.500 metros cuadrados, con 8 confesionarios y con una amplia nave para más de 500 personas, presidida por un formidable Crucificado de estilo manierista. En el sótano se construyó un amplio salón para actividades formativas, así como el salón del anda, donde se custodia la misma.

El 15 de julio de 1993 culminó la tercera restauración del lienzo del Cristo Morado, a cargo del Instituto Nacional de Cultura, con la participación de especialistas del Museo Pedro de Osma. El tratamiento seguido por los restauradores consistió en eliminar los hongos que cubrían la pintura, consolidar la capa pictórica y su soporte y reintegrar las que faltaban. Tal cuidado persiste día a día gracias a la mano experta de la Sra. Canossa y su equipo.

Como preparación a los actos del Jubileo del 2000 nacimiento de Cristo, el 27 de octubre de 1996 llegó hasta Villa el Salvador en un camión de 12 metros de largo llamado "Móvil Nazareno".

En 1997 el Señor llegó hasta Comas en el "Móvil Nazareno" y en 1998 hasta San Juan de Lurigancho en el "Móvil Nazareno".

Con Monseñor Juan Luis Cipriani, arzobispo de Lima, en 1999 se dio el permiso para que el Señor fuera venerado en la Basílica Catedral de Lima. La costumbre de trasladar la imagen del Monasterio de las Nazarenas al Santuario el primer domingo experimentó un cambio; el traslado se hizo el sábado y se llevó la imagen procesionalmente hasta la Catedral donde pernoctó hasta el domingo siguiente. Durante la noche se organizó una Vigilia de Oración con la participación de todas las parroquias y los movimientos eclesiales. El domingo se celebró una solemne Eucaristía en el atrio de la Catedral con la participación de miles de fieles reunidos en la Plaza de Armas.

El 20 de septiembre del 2001, con motivo de las celebraciones del 350° aniversario del Señor de los Milagros, el Papa Juan Pablo II[6] manifiesta su reconocimiento a este patrono del pueblo limeño. Desde entonces se ha ido haciendo costumbre que el Sumo Pontífice, en Roma, reciba a la Hermandad de Roma con motivo de la procesión de octubre.

LA FUERZA DEL ICONO DEL MURO

Representa la figura descarnada del Cristo muerto del Calvario. Las figuras de la Virgen, de María Magdalena y de San Juan fueron añadidas más tarde y en1671, por disposición del Conde de Lemos, se pintaron al óleo en la parte superior las figuras del Eterno Padre y del Espíritu Santo. La imagen del Señor no se retocó, salvo uno de los pies (que fuera raspado el día en que se quiso borrar la imagen); tarea que fue encomendada al "primoroso pintor" José de la Parra.

La imagen original del Señor de Los Milagros se encuentra en la pared que ahora constituye el muro testero de la iglesia de las Nazarenas, tras el altar donde cada día se celebra la Misa ante numerosos fieles, además de las religiosas carmelitas nazarenas. En ella está representado Cristo en la Cruz, con María a su derecha y, a su izquierda, un segundo personaje –que algunos identifican como María Magdalena y otros como San Juan Evangelista. La imagen arrodillada es ambivalente, puesto que su identidad no aparece con claridad visual. De igual modo sucede en la documentación. Así, en la "Relación de Antuñano" menciona indistintamente a Magdalena y a San Juan, "El día deseado" cita "la Imagen del Señor Crucificado, con su Madre y la Magdalena al pie de la Cruz",  el P. Vargas Ugarte: "las figuras de la Virgen y de San Juan fueron añadidas más tarde, en 1671". Conformando un eje vertical, se encuentra la Santísima Trinidad: en la parte alta, Dios Padre, Creador del Cielo y de la Tierra; en la parte baja, Cristo en la Cruz; entre el Padre y el Hijo, el Espíritu Santo, representado por una paloma que desciende, rodeada de luz, del Padre hacia el Hijo. Al fondo, un cielo tormentoso y luminoso a la vez se alza sobre un paisaje a uno de cuyos lados se encuentra el perfil de una ciudad; en sentido horizontal, aparecen María, Cristo y un tercer personaje (Juan o Magdalena). Cristo es mostrado verdadero Dios (personaje de la Trinidad en eje vertical) y verdadero Hombre (miembro de una comunidad, familia terrena, en el plano horizontal). En la parte superior aparece Dios Padre, con el brazo derecho extendido y la mano derecha mostrando la palma y con los dedos índice y medio extendidos, en actitud de crear y bendecir; en la mano izquierda sostiene una esfera, símbolo del universo, coronada con la Cruz. Cristo, personaje central del cuadro, aparece en la Cruz con los brazos extendidos y las palmas de las manos cerradas. Cristo es moreno, de cabellos negros, bigotes y barba.

El paisaje del entorno habla de esta humanidad de Cristo. El cielo aparece entre luminoso y tormentoso, justamente en el momento de la muerte de Cristo, cuando de repente todo el cielo se obscureció y sólo entonces se reconoció la Divinidad de Cristo. A un lado, detrás el personaje inclinado, aparece una ciudad, que algunos relacionan con Lima.

A los pies de la Cruz, a la derecha, aparece María, Dolorosa, como se narra en el Evangelio. Con las manos juntas, en posición suplicante, María aparece también, como rezando ante la Cruz, recordándonos el papel de Intercesora que la tradición eclesial le atribuye.

Se han hecho numerosas versiones de la imagen, especialmente sobre tela o lienzo, para ser llevadas en recorridos procesionales. En ellas, Dios Padre aparece con la mano derecha en actitud de bendecir ligeramente distinta de la que tiene en la imagen original del muro; el Espíritu Santo no aparece rodeado de una luz a modo de aureola; el sol y la luna se ubican sobre los brazos de la Cruz; el Cuerpo de Cristo es menos esbelto, su expresión un tanto diversa, y la pierna izquierda está apoyada sobre la derecha. María aparece con un puñal en el corazón, el personaje arrodillado tiene aureola y el fondo es mucho más oscuro. La imagen –el ícono- se encuentra involucrada con la procesión del Señor de los Milagros, porque Cristo no está sólo para ser visto, sino para ser cargado. El objetivo del "paso" procesional es precisamente éste: provocar en el "espectador" un "protagonista" para vivir lo que san Ignacio de Loyola desea en los "Ejercicios Espirituales": meterme en la escena "como si presente me hallase". Asimismo, Cristo, además de exhibir la imagen del hombre "cargó con los hombres", propiciando su identificación con él. Quienes llevan la imagen se revisten de esta pasión por el Hijo de Dios colocándose el hábito que caracteriza tal acontecimiento. Para sostener el peso del anda visten el atuendo del color del reo o condenado.
La cabeza, coronada de espinas, está inclinada hacia la derecha. El P. Rodrigo. Sánchez Arjona nos ofrece una interesante reflexión: A pesar de ser una imagen de Jesús muerto en la Cruz, la piedad del pueblo fiel ilustrada por el Espíritu Santo, ha rodeado con amor el cuadro de una rica aureola de plata. Con lo cual el sentido cristiano del pueblo nos da a entender que ese Jesús muerto en la cruz es el Señor Glorificado, que dirige los destinos de la historia y de cada persona en particular. En torno a la Cruz de Cristo, el sol se encuentra a la derecha de Cristo, mientras que la Luna se encuentra a la izquierda: El sol -de frente- y la luna -de perfil- con rostro humano, contemplan la escena de manera impasible e inexpresiva. La cruz aparece clavada en tierra reforzada con una serie de cuñasen la base de la cruz, para reafirmar su sujeción al terreno.

 PROTAGONISTAS SELECCIONADOS POR EL SEÑOR

1.       El primero –aunque a la sombra del anonimato-es el del pintor Angola, ¿Benito? ¿Pedro? autor de la imagen, y cuantos negros acometieron la acción de dedicar el muro al Señor Crucificado.

2.       Otro protagonista es el célebre jesuita P. Francisco del Castillo, quien en 1655 salió del Colegio de San Pablo de la Compañía hasta la Plaza Mayor exhortando a todos al arrepentimiento, repitiendo con los brazos extendidos: Lima, Lima, tus pecados son tu ruina. Sabemos que un año antes –1654- el P. Del Castillo había sido designado como Lector de Latín y obrero de negros y españoles. La misma tarde del temblor fue a prestar auxilio a los necesitados y, al pasar por la Catedral comenzó a seguirle la gente, conocedora de su santidad y valimiento ante Dios. El Padre aprovechó la ocasión para predicarles. El día siguiente, domingo, como continuasen los temblores, se condujo en procesión desde la Capilla de Nuestra Señora de los Desamparados hasta la Catedral la imagen de Cristo Crucificado, que fue acompañada por unas 10.000 personas. La noticia de varios hechos milagrosos atribuidos a la imagen mural atrajo el interés del público, y la imagen comenzó a ser conocida como el «Señor de los Milagros».

3.       Un importante protagonista histórico es también Antonio de León, quien en 1670 siente la inclinación de cuidar la imagen y le levanta un altar, al ser curado milagrosamente de un tumor maligno. Esto da lugar a reuniones de tipo festivo y religioso, no del todo correctas para los cánones litúrgicos, sino un tanto desordenadas, motivando el que se decidiese borrar la imagen y cerrar el lugar de culto; al intentarlo, los tres pintores contratados se desmayaban y se sentían impotentes para conseguirlo. Esto sirvió para que el Virrey, Conde de Lemos, se llegase a visitar el lugar y decretase hacerlo más decente.

4.       Su inauguración fue en la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz del año 1671, y en esos mismos días la autoridad arzobispal, a fin de dar continuidad y decencia al culto religioso, nombró como primer mayordomo a don Juan de Quevedo y Zárate. Una de sus primeras funciones fue gestionar la compra de terrenos a su propietario y gran propulsor del culto al Señor de las maravillas,Diego Tebes Montalvo, la que tuvo lugar ante el escribano público Sebastián de Carvajal el 17 de diciembre de 1671.

5.       En el valioso documento se entrega a Quevedo, "mayordomo de la fábrica de la capilla del Santo Cristo" el reducido sitio de la capilla y "toda la tierra necesaria de la huerta que tengo arrimada al muladar de Pachacamilla, para que se haga por su cuenta y orden todos los adobes que fueren menester para dicha fábrica y los demás que fueren menester para la Sacristía calle, cogiendo desde donde hoy está el Santo Cristo hasta la dicha calle. Y demás de esto el dicho Juan de Quevedo ha de poder hacer otros 20.000 adobes más para ayuda a los gastos que hubiere la dicha capilla, los cuales ha de poder vender y hacer lo que fuere su voluntad como de cosa suya propia. Y si la obra de la dicha capilla se hiciere de cal y ladrillo, ha de poder vender el dicho Juan de Quevedo los adobes que así hiciere para ayuda del costo que tuviere dicha capilla"

6.       Contó, además, con los constructores Diego Maroto y Manuel Escobar para la tarea de encajonar el muro a fin de brindarle mayor seguridad con cal, canto y ladrillo. Aunque los adobes se destrabaron no se dañó la parte de la Cruz. En ese mismo tiempo, 1672, el Virrey Conde de Lemos, mandó añadir las figuras del Padre Eterno, el Espíritu Santo, la Virgen y La Magdalena. El viernes 17 de junio de 1678, a pesar del violento terremoto, el muro no sufrió daño alguno. El primer mayordomo Quevedo falleció en el mes de abril.

7.       El segundo mayordomo fue Juan González de Montoya quien mejoró la capilla y mandó construir el tabernáculo de madera al maestro Diego Aguirre para la Virgen de Gracia. Labró un marco de madera para el mural. Fue el gestor y auspiciador de las reuniones de los viernes. Solicitó del Rey Carlos III una Cédula Real con fecha 19 de abril de 1681 para autorizarlas.

8.        Sebastián de Antuñano es el siguiente destacado mayordomo y benefactor. En 1684, Antuñano se había dirigido a la ermita del Señor de los Milagros y, mientras contemplaba la santa efigie, había sentido una voz interior que le susurraba claramente: «Sebastián, ven a hacerme compañía y a cuidar del esplendor de mi culto». Puesto de rodillas ante la imagen, le había ofrecido un servicio incondicional hasta la muerte. Terminadas las obras, un violento terremoto asoló la ciudad de Lima, Callao y las localidades vecinas, sembrándolos  de muerte y ruinas, en la madrugada del 20 de octubre de 1687. Por la tarde de aquel día, Sebastián de Antuñano tuvo la idea de sacar en procesión un lienzo que era copia del Cristo del mural. Fue así que se inició la primera procesión de las tradicionales procesiones de octubre del Señor de los Milagros de las  Nazarenas. En su primer recorrido llegó hasta la Plaza Mayor y al Cabildo limeño, donde recibió muestras de fervor por parte de los fieles y vecinos de ambos lugares. Se tiene la seguridad que aquella replica es la misma que hoy en día nos sigue acompañando en los meses de octubre en su recorrido por la gran Lima. Siete años más tarde, también Antuñano sintió cercano su fin y, habiendo hecho testamento el 17 de diciembre de 1716, confesado y comulgado, falleció en la noche del 20 al 21 de diciembre del mismo año. Tenía 64 años de edad y 33 de mayordomo del Señor de los Milagros. Sus restos reposan en la pared de crucero de la derecha del que entra en el templo.

9.       Antonia de Maldonado. Sebastián de Antuñano, preocupado por mantener el culto del Cristo Moreno después de su fallecimiento, conoció a una fervorosa dama ecuatoriana de Guayaquil, Antonia Maldonado, quien intentaba consolidar la fundación de un beaterio. Había nacido el 12 de diciembre de 1646 y, muerto su padre, se había instalado con su madre en el puerto del Callao. Se casó aquí con Alonso Quintanilla, pero, después de algunos años de matrimonio vivido en castidad, conscientes de que el Señor les había destinado para una vocación especial, convinieron en separarse. Él entró en los franciscanos y ella fundó un beaterio que denominó Colegio de Nazarenas; beaterio que fracasó por exigencias excesivas de los donantes. Antonia de Maldonado también decidió entregarse al culto del Cristo y fundó el Beaterio, y posteriormente Monasterio, de las Nazarenas, adscrito al santo Cristo, a comienzos del Siglo XVIII. Antonia empezó su obra en el Perú con la creación de un beaterio en el Callao. Posteriormente, se trasladó a Lima para perfeccionar su trabajo. Todo parecía caminar bien cuando surgió el primer obstáculo: la institución necesitaba una autorización real para poder funcionar Antes de lograrlo, murió la M. Antonia Lucía. El Beaterio designó por superiora a la M. Josefa de la Providencia, que, a los dieciocho años de muerta la Venerable, logró transformar el Beaterio en convento, cuando en febrero de 1720 el Rey de España, Felipe V, dio licencia para la fundación del Monasterio de las Nazarenas. Por parte de la Santa Sede, la aprobación fue dada por la Bula del Papa Benedicto XIII, el 27 de agosto de 1727: observarían las Constituciones de las Carmelitas Descalzas y vivirían -como era deseo de la M. Antonia Lucía del Espíritu Santo - como nazarenas.

10.   La Madre Josefa de la Providencia fue la que transformó el beaterio de las Nazarenas en monasterio de Carmelitas Descalzas. Para conseguir las autorizaciones necesarias tropezó con infinidad de contratiempos, pero sobre todo con dos: carecer de renta suficiente para sustento de las religiosas y estar la ciudad de Lima saturada de monasterios. Lo primero fue resuelto gracias al dominico Fray Alonso de Bullán, que le consiguió la suma necesaria; y, lo segundo, con los informes positivos evacuados por el Cabildo de la Ciudad y por el arzobispo Soloaga. Pero, dadas las características peculiares del futuro monasterio carmelitano, era necesario obtener también un Breve del Papa. Fue el Padre dominico Juan de Gazitúa, quien viajaba a Roma por negocios de la Orden, el encargado de hacer las gestiones para obtener el documento pontificio. El 27 de agosto de 1727, Benedicto XIII otorgó el Breve solicitado.

11.   El Virrey Manuel Amat y Junient, XXXI del Perú, gobernó del 12 de octubre de 1761 hasta el 17 de julio de 1776. Al comprobar el deterioro del templo, parece ser que a instancias de la devota del Señor, la célebre Micaela Villegas –Perricholi-, desde 1764 hasta 1776 aportaba cada año como limosna para la construcción del nuevo templo de las Nazarenas 150 pesos; en la Cuaresma de 1775 duplicó la cantidad. Además, colaboró en el examen de los planos de la obra, la inspección de la construcción y todos los permisos necesarios para que pudiese ser inaugurada en 1771.
  
CUANDO EL SEÑOR SALE A NUESTRO ENCUENTRO

Puede sorprender a primera vista que el Señor tiene más devotos –a pesar de ser una réplica- para la imagen del lienzo que sale a la calle en las andas que para la del Muro en el santuario. Como el fiel siente que el Cristo de la procesión sale a su encuentro, viene a visitarlo.

Ciertamente, en torno a la procesión del Señor de los Milagros de Nazarenas, en Lima (Perú) brotan múltiples realidades culturales (Hermandad, Monasterio de Nazarenas, Liturgia, Devotos, Autoridades civiles y eclesiásticas, Comerciantes, Prensa…) que la convierten en una vivencia espiritual compartida por cientos de miles de peruanos, tanto en Lima como fuera de la metrópoli. En un país tan social, cultural, económica y étnicamente diverso, "el Señor de los Milagros asume un rol integrador que no es ni transitorio ni meramente simbólico" .Frente al avance de la tecnología globalizada y de la modernidad en la cultura contemporánea, el acontecimiento del Señor de los Milagros está logrando humanizar, personalizar, revitalizar aquellos lugares del mundo donde la modernidad tiende a deshumanizar y despersonalizar a la sociedad. No sólo porque la migración internacional ha trasladado este culto por casi todo el mundo (EEUU, Europa, Asia), sino porque aprovecha eficazmente la tecnología de la comunicación mundializada para difundir su impacto religioso [7].

Del Perú se ha dicho que es un camino permanente por el que han peregrinado sus gentes a lo largo de su historia milenaria. El motor de este caminar es el fervor religioso, patrimonio auténtico de nuestros pueblos, alma del cuerpo social peruano y estimulante de sentimientos, actitudes, gestos. La meta, generalmente, eran y son los santuarios religiosos. En ellos se da una constante invitación a la alegría (cf. Rm 15, 13), a la esperanza que no defrauda (cf. Rm 5, 5). En un santuario –según la tradición católica-, el pueblo de Dios aprende a ser la "Iglesia de la alegría"; quien ha entrado en el misterio del santuario sabe que Dios ya está actuando en esta historia humana; que, a pesar de las tinieblas del tiempo presente, desde ahora raya el alba del tiempo que ha de venir; que el Reino de Dios está ya presente y, por esto, nuestro corazón puede llenarse de alegría, de confianza y de esperanza, pese al dolor, la muerte, las lágrimas y la sangre que cubren la faz de la tierra. El Salmo 122, uno de los que cantaban los peregrinos en camino hacia el templo, dice: « ¡Qué alegría cuando me dijeron: "Vamos a la casa del Señor!». Se puede comprobar en los numerosos santuarios citados en el primer apartado de esta obra y, en especial, en el Santuario del Señor de los Milagros de Nazarenas de Lima, objeto de nuestro análisis.

La "devoción" es una verdadera forma de fe-confianza, por la que se establece una relación profunda entre el Señor de los Milagros y la persona, el "devoto", como él mismo se define. Él sabe que puede contar con el Señor y que nunca se verá defraudado. La devoción, que puede nacer por tradición familiar, se convierte paulatinamente en una relación cada vez más personal, alimentada por los milagros del Señor y expresada por el devoto con términos de intenso y profundo cariño. Uno de los momentos más tiernos se da al "velar"; efectivamente, el devoto deja la vela encendida para simbolizar que deja su corazón delante del Señor, que no lo olvida. Pero el rasgo más entrañable de este amor del limeño o la limeña al Señor de los Milagros es la presentación de los niños ante la imagen; lo que desea un padre o una madre al presentar a su hijo es que ese niño sea siempre un devoto del Señor de los Milagros. Resultan conmovedoras también las distintas formas que el devoto adopta para conectar con el Señor en personalizada oración: mirar el icono y dejarse mirar por él, cargar el anda, colocar flores, orar, cantar, participar en los sacramentos (confesión y comunión), caminar (casi siempre en compañía), ofrecer un sacrificio, llevar el hábito, dar una limosna, recibir la bendición..

Por todo ello, se ha convertido en alma, corazón y vida de los peruanos, en la médula de la columna vertebral de su patrimonio cultural. Así lo manifiestan dos declaraciones oficiales estatales La primera del año 2005, la Resolución Directoral Nacional Nº 1454/INC del Instituto Nacional de Cultura, y su declaración de la "Festividad del Señor de los Milagros" como Patrimonio Cultural de la Nación. La segunda, el Proyecto de Ley Nº 4022/2009-PE, convertido en Ley Nº 29602, por la que se declara al Señor de los Milagros como Patrono del Perú,"símbolo de religiosidad y sentimiento popular" del Perú

Escribió san Agustín que la memoria convierte el pasado en presente. Podría haber dado el aviso: "Salten el anuncio, ahórrense el texto, vayan a las fotos". Y, ahora, disfruten, gocen, vivan la procesión, la devoción, la historia y la actualidad a través de las imágenes de nuestra nazarena de honor, Sara Manjón.

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[1] A las Madres Priora Ana de Jesús y Religiosas Carmelitas Desclazas del Monasterio de Madrid (15 de setiembre de 1587). Madrid, BAC, 1951, p. 1315.
[2] Capítulo "Brazo de Dios". Obras Completas Castellanas. Madrid, BAC, vol. I, 1957, p. 572.
[3] Efrén de la MADRE DE DIOS y O. STEGGINK: Tiempo y vida de Santa Teresa BAC, Madrid, 1968, pp.35-41
[4] Fundaciones. Cap.1, apdo. 7, p.1062.  Edición de Fray Tomás de la Cruz. Obras Completas, 6ª ed., Burgos, Ed. Monte Carmelo, 1990.
[5] Colmenares 1771, Vargas Ugarte 1966.
[6] "Carta del Papa Juan Pablo II al Cardenal Luis Cipriani Thorne. 20-09-2001". En: Arzobispado de Lima. Enero 2008. Fecha de consulta: 19/01/2008. <http://www.arzobispadodelima.org/content/category/20/92/184/>
[7] José SÁNCHEZ PAREDES, http://www.pucp.edu.pe/puntoedu/index.php?option=com_opinion&id=5741, PUNTO EDU, Semanario de la PUCP, Lima, 24-30 octubre 2011

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